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Opinión Harold Leandro hleandro@nacion.com Subeditor Silvio Rodríguez, el cantautor cubano, en su canción ¿A dónde van? se cuestiona por muchas pequeñas cosas que nos pasan en la vida y luego les perdemos la pista, quizás por falta de interés, tal vez porque no está a nuestro alcance saber las respuestas o, simplemente, las rutina nos envuelve a tal punto que no nos da tiempo para bajar del coche. “¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿A dónde van las miradas que un día partieron? ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón? ¿O se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor? ¿Acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van? ¿Y a donde van? ¿A donde van?”, reza la bella canción del poeta. Mis preguntas. Sumergido como estoy en el mundo del deporte, tengo algunas inquietudes a las que aún no les encuentro una lógica que explique su mera existencia. Por ejemplo, ¿que pasó con el carro último modelo que el empresario Matteo Quintavalle le daría al futbolista Allan Alemán como pago por firmar un contrato? ¿Por qué Brujas jugó con dos futbolistas supuestamente mal inscritos ante Cartaginés? ¿Por qué, cuando se retiran, los árbitros se vuelven comentaristas de radio y televisión para criticar que silbateros activos no hacen lo que ellos tampoco hicieron? Por más profesional que sea William Sunsing, ¿con qué entusiasmo jugó para Brujas ante Alajuelense si ya se sabía que había sido vendido a Liberia Mía? ¿Por qué nunca pasamos a la segunda ronda en un Mundial o en Juegos Olímpicos? ¿Acaso nuestro techo futbolístico es tan bajo? ¿Por qué no se le ha edificado una estatua a la paciencia de los brumosos con su equipo, la cual parece ser más grande que la de San Francisco de Asís? Si saben que irremediablemente van a perder con un planteamiento defensivo, ¿por qué algunos de nuestros entrenadores no arriesgan e intentan ganar con una táctica más ofensiva? Al menos, así darían la impresión de que saben y alegrarían por un momento a sus parciales. En nuestro futbol, corre el que lleva la pelota, mientras los demás lo miran, exactamente lo contrario de lo que mandan los cánones. El Comité Olímpico Nacional sigue en el naufragio y con él el deporte tico, sin que se vislumbre una salida ansiada. Finalmente, ¿por qué los costarricenses nos quedamos sin ver el hermoso futbol español en plena época de la globalización?
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