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Proteger lo que somos

Más que el clima o el costo de vida, el atractivo del país es su esencia

Federico Rojas Guitart
federico_rojas@ml.com
Economista

Nuestra sociedad y nuestro país se han estado transformando a una velocidad muy rápida, y creo que es apenas el comienzo de un camino que llevará a Costa Rica a ser muy diferente de aquí a 20 años.

La Embajada Americana acaba de reportar que hay 50.000 estadounidenses que residen en el territorio nacional y hay más de 150.000 que han comprado propiedades en Costa Rica. Estas cifras excluyen a todos los demás extranjeros. Con 4 millones de estadounidenses que se pensionan cada año, creo que es fácil imaginar que haya medio millón o más de ellos en este país de aquí a 20 años.

Yo, que llevo viviendo más de diez años fuera de Costa Rica, sé que las razones obvias por las que ha habido tanto interés en nuestro país son el clima, el costo de la vida y la paz que se respira.

Pero hay una razón más fuerte que todas, una no tan obvia para el costarricense: su gente, su esencia.

Saludo y sonrisa. En mi último viaje a Costa Rica, me tocó sentarme junto a un biólogo estadounidense, que ya residía en nuestro país desde hace un tiempo, y me comentaba que estaba feliz pues se acababa de mudar de un barrio de gringos a uno de ticos, pues en el último la gente era sencilla y siempre tenía un saludo y una sonrisa.

Pensaría uno que la abundancia lleva a la felicidad, pero a veces más bien parece que se aleja de ella. Esta felicidad es la herencia de un pueblo sencillo, trabajador y humilde. Dentro de esa humildad y sencillez, se nos olvida lo que valemos y lo que somos, y tiene que venir alguien de fuera a recordárnoslo.

Un país no es la suma de sus metros cuadrados por el precio por metro, un país es su cultura, su esencia, y en esta transformación que Costa Rica sin duda tendrá en los siguientes 20 años, esa sencillez, esas prioridades y esa felicidad deben ser atesoradas y protegidas. Esa es la herencia que debemos a nuestros hijos y nietos.

En la historia de nuestro país se nos han llevado el cacao, el banano y el café, y ahora las costas ya no son nuestras; hagamos un esfuerzo para que no se lleven lo que nunca se podrá recuperar, lo más valioso, lo que somos.

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