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Pueblo que trabaja… El trabajo es la única y verdadera fuente de riqueza, la magia del desarrolloAgustín Ureña Álvarez 4m-ureville@ice.co.cr Profesor A veces buscamos soluciones mágicas para el mal llamado subdesarrollo, o exposiciones todavía más esotéricas para explicar por qué algunos países han logrado salir de él: que la tecnología, que los recursos minerales, que el financiamiento. Bueno, el mercantilismo renacentista demostró que la mera posesión de metales preciosos no generaba riqueza. El Imperio Español, por mucho oro que sacó de América, no logró sostenerse cuando tuvo que competir contra las ventajas comparativas y competitivas que sacó a relucir la hacendosa y pujante Gran Bretaña. El otro gran mito es el financiamiento. Que los bancos, que las garantías, que los términos, que si no tengo plata, no hay forma de hacer algo. Aunque siempre ha habido mecenas dispuestos a pintar el techo de la Sixtina, cuando ha sido requerido, es oportuno recordar que el capitalismo financiero es un fenómeno reciente, tal y como lo conocemos hoy, que si acaso surgió hace unos 500 años, cuando los bancos comenzaron a canalizar el superávit que se generó por el aumento de productividad y que abrió una brecha entre los poseedores del nuevo capital y los que trabajaban para este. Se creó el mercado de capitales, literalmente. Sin bancos ni FMI. Sin embargo, antes de que esto ocurriera, la humanidad se las ingenió, sin bancos ni Fondo Monetario Internacional, para robarle territorio al mar en Holanda, construir Venecia sobre las aguas, erigir pirámides en México y Egipto, crear el Partenón y levantar la Gran Muralla, cuando los únicos recursos disponibles a manos llenas eran el ingenio, la audacia y el trabajo humano. Durante 5.000 años, el Homo sapiens trabajó y creó maravillas, antes de que los bancos fueran la excusa para no ir más allá de nuestros sueños. La otra excusa es la tecnología, como si esta fuera ajena a nosotros, como si los países que la tienen la hubieran recibido como el fuego de Prometeo, don precioso del Olimpo, y no como lo que realmente es: un producto de nuestra genialidad y ocurrencia. Esta revolución tecnológica parece haber comenzado con la rueda, y no ha terminado. Hoy tenemos a un superdotado ideando un motor de plasma para ir a Marte, como antes se soñaba con la Atlántida. Han cambiado los destinos, pero los sueños son los mismos. La tecnología es simplemente la manifestación material de nuestra capacidad para realizar los sueños. Eso y nada más. Los países llamados “de avanzada” están llenos de soñadores. El gran “misterio”. Japón es el único país que ha recibido un ataque nuclear. Pulverizados, reducidos a cenizas, nosotros estábamos mucho mejor que ellos ese agosto de 1945. Sin embargo, en solo 40 años, nos sobrepasaron y se convirtieron en un Fénix Samurai. ¿Cómo? Trabajando: ese es el gran “misterio” del milagro japonés. De la nada, o mejor dicho, del fondo de lo único que tenían: sus cerebros, crearon el sueño de su Japón, al igual que hoy nuestro ilustre soñador está creando su motor de plasma. Primero aparece el sueño: pintar el techo, ir a Marte, construir mi país o sembrar en el desierto. Después, solo después, se crea la tecnología, que más que una excusa para justificar nuestra parálisis mental es en realidad la consecuencia del soñador. Es así como en Holanda vemos vacas pastando, donde antes jugaban las olas, sembradíos en el desierto de Judea o venecianos bailando “sobre” el mar. El trabajo es la única y verdadera fuente de riqueza. Esa es la magia del desarrollo.
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