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La élite del NO

Hay gran arrogancia en creer que lo que uno piensa tiene un valor superior

Roberto J. Gallardo N.
gallardo@cariari.ucr.ac.cr
Politólogo

Las élites se caracterizan porque asumen posiciones a partir de conjeturas que no necesariamente se cotejan con la realidad concreta y cotidiana del grueso de la población. Están encapsuladas en ambientes académicamente “puros”, donde están dispuestas a aceptar la consigna sectaria como un argumento si aquella coincide con lo que plantean, intoxicadas de teorías que no siempre comprenden con claridad y reciclando los mismos argumentos en grupos cerrados que se orientan por la máxima “si la realidad no se ajusta a nuestra visión, peor para la realidad”. Y el problema no es que los miembros de las élites asuman ciertas posiciones, sino que consideren inválidas, banales o éticamente cuestionables las razones que esgrimen quienes no piensan igual, que es precisamente un rasgo característico del pensamiento elitista.

En el “debate” sobre el TLC que el país ha venido sufriendo en los últimos 3 años, ha sido práctica común de quienes se oponen al tratado deslegitimar las razones de quienes se manifiestan a favor: quienes apoyan el tratado lo hacen por miedo, por oscuros intereses comerciales o por ignorancia, nunca por razones válidas. Hay una gran arrogancia en creer que lo que uno piensa tiene un valor superior. Pero precisamente esa es otra característica de las élites.

Para muestra un botón. En un curso que imparto en la Universidad de Costa Rica, una alumna se quejaba de que una vecina suya votará SÍ el 7 de octubre porque el dueño de la fábrica en la que trabaja le dijo que si el tratado no se aprueba, la empresa valoraría la posibilidad de trasladar sus operaciones a otro país centroamericano. La estudiante consideraba que a su vecina la había vencido el miedo, por lo que su voto no será “digno”.

Al valorar con cierta condescendencia y desde la comodidad de un aula universitaria los criterios que el común de la gente utiliza para decidir cómo votará en el referéndum, esta alumna retrata buena parte del movimiento contra el TLC. Se comporta, incluso sin saberlo, como lo que es, parte de un grupo privilegiado que puede fijar posiciones a partir de consideraciones abstractas. El rechazo del TLC no le produce a ella personalmente ninguna incertidumbre. Y considera que su vecina debe cerrar los ojos, apretar los dientes y creer a quienes desde institutos de investigación, programas de radio y foros de análisis le aseguran que rechazar el tratado no le traerá consecuencias. Probablemente ese debe haber sido el mismo tipo de argumento que usaron los sindicatos bananeros para mantener por tres meses una huelga, que derivó en la salida de la compañía bananera de la zona sur del país en noviembre de 1984.

Visiones contrapuestas. En la encuesta “Referéndum y TLC”, realizada por la Escuela de Estadística de la UCR y cuyos resultados fueron dados a conocer a mediados de agosto, aparece información relevante que parece confirmar esta percepción. Al examinar la intención de voto respecto al TLC según algunas variables económicas, en el segmento de la población que se dedica exclusivamente a trabajar, el TLC tiene un apoyo del 57,7% contra el 32,6% que se opone; mientras que el 38,8% de los que estudian y trabajan apoyan el tratado, en tanto que el 43,8% lo rechaza. Por último, un 67,6% de los entrevistados que se dedica exclusivamente a estudiar se opone a la aprobación del TLC y solo un 20,6% la apoya. Dicho de otra manera, los trabajadores del país apoyan el tratado, mientras que los estudiantes lo rechazan. Quienes enfrentan cotidianamente la realidad de proveer para su familia votarán mayoritariamente SÍ el 7 de octubre, mientras que los que tienen el privilegio de dedicarse solo a estudiar lo rechazan en una proporción de tres a uno.

No se trata de comparar la calidad humana de los grupos, sino evidenciar la existencia de visiones contrapuestas que se originan en ámbitos existenciales completamente diferentes. De un lado, la masa trabajadora del país; del otro, la élite del NO. A la hora de valorar las consecuencias de su decisión para el 7 de octubre, ¿a quién le cree usted?

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