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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Mi columna del viernes pasado versó sobre lo que considero la cuestión de fondo del tristemente famoso memorando de Kevin Casas, segundo vicepresidente, y Fernando Sánchez, diputado del PLN: la privacidad, la relación entre el fin y los medios, y el uso de los medios tecnológicos para agredir verbalmente, difamar y amenazar. Los que sabemos del alcance de estas armas sabemos lo que decimos. Las respuestas han sido de todo linaje y pelambre: muchas sólidamente argumentadas, a favor o en contra (agradezco, sobre todo, las críticas pues, si los elogios estimulan, aquellas hacen reflexionar). La mayoría ha consistido en un des-ahogo verbal explosivo, lo que me ha permitido documentar la magnitud de los problemas psicológicos en ciertos grupos. De estos especímenes deberán de provenir los agresores o agresoras domésticos contra cónyuges e hijos. No podían faltar tampoco los anónimos, a juzgar por sus amenazas: ¡cuídese cuando maneja!, ¡algún día la pagará!, ¡vaya escogiendo el lugar de la vela!, ¡el infierno espera a hombres como usted! ¡Usted es el peor idiota que he conocido! ¡Además de viejo, tonto! En fin, mi columna del viernes quedó probada con creces: estamos expuestos. En mi caso, me alegro. Prefiero que se deshoguen contra mí y no contra su familia. (Como ven, he leído a René Girard). ¿Cuál fue, según estos, el pecado? Que el viernes no me lancé contra los autores del memorando, muestra inequívoca, según los mensajeros, de mi incoherencia y complicidad. En el fondo, un elogio irracional, pues creen que un columnista debe juzgar y condenar de inmediato, y una desbordante temeridad, pues presumen que comulgo con un texto que, de inmediato, fue repudiado por todos y cuya elaboración lamentan sus autores. ¿Hicieron mal los autores? Sin duda. Doble falta: conocedores en grado sumo de las asechanzas del poder político, no midieron su extensión, sinuosidad y peligrosidad, para los funcionarios y la sociedad, aun en la presentación de propuestas cuya mayoría son torpes e inaplicables, y, peor aún, si lo fueran. El escándalo ha sido beneficioso para todos. Para los autores, primeramente; para los dirigentes del SÍ, a fin de que actúen siempre con transparencia, y para ciertos dirigentes del NO para que no acusen a los otros de lo que han sido maestros indiscutibles: la estrategia del miedo y los ataques contra la institucionalidad democrática. Para todos, tirios y troyanos, novicios y profesionales, la restauración de la discusión crítica y la urgencia de salvar y fortalecer nuestro sistema democrático y político, en este barco común, en un mundo proceloso.
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