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Intolerancia y violencia UNA… mañana triste para la tolerancia y la libertad de criteriosAlejandro Barrantes R. Estudiante universitario El 6 de setiembre me presenté a una actividad en la Universidad Nacional convocada por el grupo de “Universitarios por el SÍ” en esa casa de estudios. Desde el inicio, la intolerancia e irracionalidad de los del NO buscó entorpecer una manifestación pacífica. Primero fue un par de estudiantes que arrancaron los carteles pegados y hasta escupieron a uno de los del SÍ. Luego de eso, con ánimos de evitar problemas, decidimos apostarnos en la explanada de la UNA con una manta del SÍ y con panfletos informativos para repartirlos entre la gente que pasaba por el lugar, pero, inmediatamente, los reaccionarios del NO llegaron con sus pancartas y una folclórica máscara de Óscar Arias. Nosotros llevábamos cimarrona y el espíritu pacífico para hacer de esto una expresión de criterio, pero ellos comenzaron a provocar hasta el punto de poner su manta frente a la nuestra y gritarnos “vendidos”, “how much ?” y “advenedizos”. Fieles a las normas, los del SÍ acatamos las disposiciones de los guardas de seguridad: permanecer en la acera y no repartir panfletos dentro de las instalaciones, a pesar de que ellos no quisieron mostrar el reglamento, orden o documento donde se establecía que no podíamos permanecer en el campus. Durante la actividad, un funcionario de la UNA me gritó en la cara: “¡Ustedes vienen a mi casa a insultar y provocar! ¡Fuera de mi casa, advenedizo, esta es mi casa y aquí yo digo que estamos con el NO!”. ¿Por no pensar igual? Mientras insistía a los guardas que aplicaran con justicia e imparcialidad la supuesta disposición prohibitiva de repartir propaganda, un supuesto profesor se abalanzó sobre mí, increpándome. El mismo señor pasó toda la mañana rondando la zona donde los del SÍ nos apostamos y, cada vez que pasaba, además de bufar y bramar, lanzaba insultos. Estoy seguro de que, si los guardas no hubieran estado cerca, quizás varios habríamos sido agredidos por él. En otro momento, discutí con una empleada administrativa de la UNA que me exigía mi cédula, carné universitario y nombre, a lo cual respondí negativa pero amablemente. Eso parece haber irritado a la señora, pero no supo qué decir cuando le pregunté con qué autorización y amparada en cuál norma me exigía tales documentos. Ella insistió y me dijo: “Indíqueme su nombre, nosotros tenemos todo un sistema donde lo vamos a identificar”. Me pregunto: ¿estaba yo en una universidad o en una sucursal de la Gestapo? ¿Desde cuándo pensar diferente en una universidad es motivo para que me investiguen? ¿Será que querían castigarme? Historia repetida. En ese momento comprendí que, a pesar de que en todo lado la palabra “universidad” estaba escrita, en ningún lado se reflejaba la acepción propia del término: universalidad de ideas, de culturas, de personas, de criterios y argumentos. Y esa historia se repite también en la casa de enseñanza por excelencia de nuestro país, la UCR, donde parece que es preferible premiar el insulto y el ataque en vez de la idea. Hace rato dejaron de abundar las personas razonables en las universidades costarricenses, para dar paso a los fanáticos que, como tales, actúan exclusivamente motivados por la pasión. Por eso su lema es ‘mi corazón dice NO’ y punto, mientras las neuronas están ocupadas en memorizar insultos y cánticos agresivos (impulsados con un micrófono y parlantes de la Universidad). Si estos profesores y empleados administrativos se comportan así, ¿qué puede esperarse de los estudiantes? Juzgue usted, lector, si lo que quiere es apoyar en el referendo a estas personas violentas, tiránicas e irracionales o a las personas que defendemos nuestras posiciones con ideas y procuramos la libertad en todo sentido de la palabra.
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