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TLC contra la pobreza

El TLC y las acciones que maximicen sus ventajas pueden reducir la pobreza

Ana Isabel García Quesada
Viceministra de Vivienda encargada de Desarrollo Social

En un reciente foro universitario sobre desarrollo social se me preguntaba: ¿Cómo es posible que alguien con reconocida vocación social esté a favor del TLC? Para tratar de responderla, no creo que sea necesario ahondar ahora en la gestión que este Gobierno está haciendo en la materia, pues los resultados a la fecha, afortunadamente, dan cuenta por sí mismos (Programa Avancemos, triplicación del monto del Régimen no Contributivo de Pensiones, bonos de vivienda, Erradicación de Tugurios, pago de la deuda gubernamental a la CCSS, etc.); algo que, además, es percibido así por la ciudadanía: las encuestas muestran que la imagen más positiva del Gobierno se refiere al desempeño del Sector Social y lucha contra la pobreza. Parece que se ha logrado definir una estrategia y reunir capacidades técnicas con vocación social.

Admito que mi respuesta dista de ser ortodoxa: apoyo el TLC en la medida en que éste pueda ser un instrumento que mejore la condición de vida de los más pobres. En caso contrario, no lo apoyaría. Es decir, yo no estoy interesada en el crecimiento de una economía que aumente las diferencias sociales. Pero, al mismo tiempo, estoy convencida de que el mejor instrumento para erradicar la pobreza es una economía fuerte que cree empleos decentes y de alta productividad. Las políticas sociales son el instrumento de Gobierno, pero, si no se apoyan en una economía fuerte, tendrán el mismo éxito que un buen jinete de carreras sobre un caballo viejo y desnutrido.

Documento de la ONU. En tiempos de globalización, una economía nacional fuerte es impensable sin meterse de lleno en el libre comercio. Así lo ha dejado claro el informe de Naciones Unidas “¿Quién se beneficia del libre comercio?” (PNUD, 2004), cuyo subtítulo es precisamente: “Promoción de exportaciones y pobreza en América Latina y el Caribe en los 90”. Sus conclusiones regionales son claras: “Encontramos que la liberación comercial aumenta el producto en casi todos los países de la muestra. También aumenta los salarios o el empleo dependiendo del cierre usado en los modelos específicos de los países”. (p. 85).

Es decir, comercio, desarrollo y combate a la pobreza se encuentran indisolublemente ligados. Así, hay dos escenarios contrarios a la eficacia en el combate a la pobreza. Uno, consistente en ir al libre comercio pensando que es la sustancia mágica que sanará todos nuestros males y que carece de efectos negativos. El otro, rechazar el libre comercio y optar por una economía mediocre y poco competitiva. Sin embargo, hay creciente consenso en que existe una tercera opción que parece más adecuada e inteligente, así como posible: impulsar una economía abierta y competitiva, pero orientada por criterios políticos redistributivos. Eso es parte de lo que la socialdemocracia internacional llama “gobernar la globalización”.

Buena cantidad de los partidarios del NO estarían de acuerdo con todo lo que he dicho, pero argumentarían que el problema reside en la forma concreta de este TLC y sus errores de negociación. Y coincido con ellos en ambos extremos: el TLC tiene defectos y pudo ser mejor negociado. Pero el problema de esta posición purista sobre la forma de este TLC es que no nos lleva a ningún lado. Ya sabemos que no se puede renegociar. Por tanto, la cuestión a dilucidar es enteramente posibilista: a pesar de sus defectos, ¿es mejor rechazar o quedarse en el TLC? Una larga lista de notables ha mostrado evidencias de que la segunda opción es mejor. Entonces, por simple coherencia, si se quiere combatir la pobreza, hay que votar SI en la consulta del 7 de octubre e impulsar acciones que maximicen sus ventajas y minimicen sus posibles efectos adversos.

El compromiso social. Desde luego, esta decisión se relaciona estrechamente con el proyecto político y la visión de país que se tenga. Como sabemos, el uso del libre comercio depende de los distintos escenarios políticos. La apertura comercial en general y este TLC en particular podrían crear mucha desigualdad con un Gobierno de derechas, pero también es cierto que tendríamos problemas con un Gobierno progresista contrario al mantenimiento de este TLC. La opción más adecuada e inteligente que antes mencioné necesita de un Gobierno socialdemócrata capaz de promover la competitividad económica y desarrollar fuertes políticas públicas redistributivas, que proyecten a futuro la propuesta de combate a la pobreza de esta Administración.

Realmente estoy convencida de que un país que adhiera a ese proyecto político podrá usar a su favor este TLC y superar unido los riesgos que contiene. Lo bueno de vivir en una democracia es que la ciudadanía puede reflexionar tanto a corto como a largo plazo sobre lo que es mejor para el país. Y mi responsabilidad como ciudadana consiste en mostrar mi convicción acerca de cuál es la estrategia que más facilita el combate contra la pobreza. Precisamente por una vocación rigurosa, con el corazón y la cabeza, del compromiso social.

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