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F.U.S.1926-2007 Alejandro Urbina aurbina@nacion.com Director El viernes pasado murió mi tata, Fernando Urbina Salazar. Más que una necrología escrita con pesar por el hijo mayor, quiero reseñar públicamente los valores que el doctor Urbina nos dejó. Su ejemplo talvez oriente a alguno de ustedes, lectores, tanto como nos ha guiado a sus cuatro vástagos. El Negro Urbina, como afectivamente lo llamaban sus amigos, vivió ochenta años a plenitud: admiró profundamente a sus padres, don Adriano y doña Paulina, compartió las buenas y las malas con su esposa, María Cristina, convirtió a cuatro güilas en profesionales, apoyó incondicionalmente a sus amigos y dedicó medio siglo a curar al prójimo. Murió –precisamente– por el deterioro de sus pulmones, producto de miles de exposiciones radioactivas recibidas mientras operaba a pacientes. Nunca se arrepintió de haberlas efectuado. Aunque desde temprano en su carrera cerró su consultorio médico para dedicarle tiempo completo a la Caja (odiaba la pérdida de tiempo de pacientes sanos que pagaban cita solo para conversar), creyó siempre en el quehacer privado como medio idóneo para crear prosperidad. En la Asociación Nacional de Fomento Económico aprendió que para “distribuir riqueza, primero hay que crearla” y luego en la Facultad de Ciencias Políticas de la UCR supo que a eso lo llamaban “economía social de mercado”. Inconscientemente quizá, esos principios guiaron su vida y nuestra educación: la empresa privada, lejos de ser incompatible con la conciencia social, se complementa. Aparte de su entrega al tratamiento de enfermos de bajos recursos (tuberculosos sobre todo) sacrificó mucho de su bienestar material por heredarnos una educación profesional. Deja un ingeniero en cómputo, una arquitecta, un ingeniero civil y este obsoleto computólogo aprendiz de periodista. Además, sin su apoyo mi madre no hubiese alcanzado el éxito como educadora que hoy se le reconoce. A los sesenta y dos, el dóctor aprendió a aplanchar y a cocinar mientras acompañaba a mi mama (Mrs. Urbina, como le dicen sus alumnos) a sacar una maestría en el extranjero. Fue representante del TSE en varias elecciones. Se metió a sembrar arroz en Guanacaste y, aunque quebró, formó la primera cooperativa del ramo en la provincia de sus raíces. Al tiempo, recuperó parte de lo perdido con ganado. Toda la vida le encantaron las vacas y los pastores alemanes. Aunque siempre pregonaba que “lucrar no es mala palabra” sino que significa “hacer dinero honestamente”, nunca le interesó crear un gran capital; prefirió formar una familia unida por los valores que nos inculcó. Ocho nietos y tres nietas seguirán su modelo de vida íntegra y sabrán distinguir entre qué es bueno y qué no; eso nos enseñó en cada campamento familiar durante treinta y cinco años. Mi tata, gracias. Valió la pena.
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