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EDITORIAL

Amenaza permanente

La captura de una célula terrorista en Alemania alivia e inquieta
Ante una amenaza permanente, la alerta también debe ser constante


El pasado miércoles, pocos días antes de que se cumplieran seis años de los ataques contra las Torres Gemelas, en Nueva York, las autoridades alemanas obtuvieron un gran éxito en la lucha contra el terrorismo. Tras varios meses de investigación en su propio país, Pakistán y Turquía, con el apoyo de varios servicios de inteligencia, tecnología de punta y un meticuloso trabajo, lograron desarticular una célula terrorista que, según fue anunciado, se proponía realizar masivos atentados contra el aeropuerto de Fráncfort (el segundo más activo de Europa continental), la base aérea estadounidense de Ramstein y otros blancos.

Se trata de un logro indiscutible en la incesante lucha contra el terror, que demuestra cuán importante es el trabajo preventivo e investigativo como arma para abortar las intenciones de los extremistas. Por esto, quienes valoramos la convivencia civilizada y la vida humana debemos sentirnos satisfechos y aliviados. Sin embargo, este logro también debe ser una nueva señal de alerta sobre una realidad incontrovertible, que debe preocuparnos a todos: los grupos terroristas de factura islámica se mantienen tan activos como las policías, y su determinación de golpear objetivos civiles y militares, no importa las vidas que cueste, es una seria amenaza permanente, frente a la cual el mundo debe mantenerse despierto. Esta idea la reafirman una nueva amenaza de Osama bin-Laden y su grupo al-Qaeda contra Estados Unidos, y dos recientes atentados con coches bomba en Argelia.

Las autoridades alemanas capturaron tres militantes musulmanes y grandes cantidades de productos químicos con potencial explosivo, así como detonantes. Con todo esto, se planeaban “ataques masivos”, según dijo la procuradora federal de Alemania, Monika Harás. Uno de los componentes, conocido como peróxido de hidrógeno, era del mismo tipo que el utilizado en los ataques suicidas realizados contra la red de transporte público de Londres, en julio de 2005.

Parte de la peculiaridad de esta captura, indicadora de las mutaciones que se han venido produciendo en la amenaza terrorista internacional, es que dos de los capturados eran dos alemanes convertidos al islam; el otro, un turco residente en Alemania. De este modo, han quedado en evidencia dos inquietantes aspectos: por un lado, el carácter local de varias de las células terroristas activas actualmente en Europa; por otro, y por primera vez en el caso alemán, la existencia de una relación con su comunidad turca, que es muy numerosa y, hasta ahora, siempre había demostrado una gran moderación. Además, de nuevo ha surgido una conexión con Pakistán, país que, a pesar de su presunta política antiterrorista y prooccidental, se ha convertido en la principal madriguera de los talibanes, de al-Qaeda y de varios centros de entrenamiento para militantes islámicos.

El éxito de las autoridades alemanas se produjo un día después de que, en Dinamarca, la Policía arrestara ocho personas como sospechosas de planear atentados en ese país. Seis de ellas fueron liberadas horas después, y aunque no hay evidencia de relación entre ambos grupos, ambas capturas demuestran el grado de actividad terrorista, tanto en Europa como en el resto del mundo, y, por tanto, la necesidad de alerta permanente.

Se trata de una lucha en la que una victoria definitiva resulta imposible. Al contrario, lo que impone es un trabajo constante de observación, investigación y prevención, dentro del marco de las garantías individuales que nunca deben desaparecer en democracia. De este modo, la acumulación de éxitos, además de mejorar la seguridad de los países más amenazados, se puede convertir en un elemento disuasivo de los militantes y nos acercará, al menos, a una victoria parcial en bien de la humanidad.

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