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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@nacion.com Ante la proximidad de su histórico viaje a China, ofrecemos al presidente Arias importantes consejos protocolarios sobre cómo comportarse, sin meter el talón, durante su visita oficial a ese gran pueblo. Regla número uno: jamás silbar. Ni para llamar a alguien (tipo saloneros, taxistas, chanceros o limpiabotas) ni para piropear a las chinas en minifalda, ni para tararear melodías de ninguna clase así sea “La Novena” de Beethoven, mucho menos, ritmos salerosos. Tampoco saludar de besito en el cachete, ni de abrazos, palmaditas por la espalda o toqueteos. Los chinos evitan del todo el contacto físico (menos para reproducirse). Si acaso les da la mano, no prolongue por mucho tiempo el saludo, pues para enfriarlo, ellos la ponen fofa (la mano, por supuesto). Limítese a una reverencia no más allá de sus capacidades lumbares. Asimismo, cuidar el movimiento de las manos. Podrían malinterpretarlo, y el tico es muy dado a hablar con aspavientos: tocándose la nariz, manoteando, rascándose. Ese tic de Óscar de sobarse el dedo gordo de una mano con el de la otra podría hacerlos pensar, por ejemplo, que se trata de una clave secreta en contra del sumo imperio chino. De ahí que, si desea señalar algo que le llame la atención –unas chanclas bordadas, un dragón albino o alacrán en la sopa– no cometa el error de hacerlo con el dedo índice o, a lo tico, gesticulando con la boca. Hágalo con la mano extendida. A propósito, recuerde que, a su manera, allá comen excéntricas delicias. Como los chinos suelen hacer un estruendo al sorber la sopa o los fideos, no se le ocurra hacer caras ni muecas de asco. Mantenga la compostura a la hora de tragar grueso, pues una señal suya de disgusto podría motivar a don Hu Jintao a hacernos a un lao. Para deshacerse de esas antenas de grillo que no se puede tragar, válgase de que ellos son muy dados a escupir donde sea. En todo caso, lo aconsejable es llevar desde aquí tarritos de frijoles molidos refritos con jalapeños, atún y tortillas tostadas para luego, de vuelta al hotel, matizar el paladar con algo bien nuestro. Y, para la próxima, pida pato laqueado, un auténtico manjar oriental. Otra cosa: como es muy de los chinos salir a la calle en pijama, quitarse la camisa si hace calor y limpiarse los zapatos con las toallas y sábanas de los hoteles, lo más sensato sería ponerse a tono con ellos sin ningún pudor, máxime que las piyamas de don Óscar son deLiz Claiborne y huelen a cataplasma de cardo santo. O sea, están benditas. Sin embargo, la principal recomendación es que, por más liberacionista que sea, jamás use sombrero verde en China: es el equivalente nuestro a andar con “cuernos”.
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