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/LA NACIÓN

El diputado iracundo

No es con poses y falacias como se discute sobre política

Eduardo Ulibarri
eulibarri@amnet.co.cr
Periodista

Hace algunos años, Alberto Salom, diputado del PAC, citaba a Marx y Mao para sustentar sus iracundas posiciones políticas. Hoy usa a la Madre Teresa de Calcuta. Algo ha avanzado en ideas, pero nada en rigor argumental.

La mejor prueba es su artículo publicado el 31 de agosto en estas páginas, como segunda respuesta a igual número de colaboraciones del suscrito.

Siento mucho su actitud. Porque si algo necesita nuestro debate político es respeto a la realidad, serenidad, madurez y, por supuesto, buena memoria. De todo ello carece don Alberto.

Interés en el PAC. Como me tomé en serio al PAC mucho antes de que Salom se incorporara a sus filas para convertirse en candidato a diputado, mi primer artículo, en esta serie, fue un llamado a que el partido reflexionara seriamente sobre el revés que habían implicado dos resoluciones de la Sala IV: la que declaró constitucional el TLC y la que autorizó la “vía rápida” legislativa para tratados internacionales.

Añadí, como otro ejemplo de error político, que Salom hubiera convertido su curul en una fábrica de sospechas. Cité, porque era lo más reciente, sus truculentas acusaciones contra el canciller Stagno, a raíz del establecimiento de relaciones con China, pero pude mencionar otros casos, como su invención de que aquí se fabricaban componentes de armas.

Es decir, mi artículo original no fue sobre Salom, sino sobre su partido. Pero don Alberto decidió convertirse en protagonista de un libreto en el que apenas era actor secundario, y se apropió de la polémica. Pensé que podríamos conducirla con respeto. Pero él perdió la órbita y la desvió hacia poses y falacias. Lástima.

Como soy periodista, no actor político, concluyo mi intercambio con el diputado exponiendo las in-exactitudes más gruesas de su último artículo.

Nuevas falacias. Dice don Alberto: “En equidad de género, no necesitamos que se aprobara ninguna ley para institucionalizar una rigurosa alternabilidad en los puestos de elección del partido”. Olvidó decir que la ley que regula esa materia se aprobó cuando don Ottón Solís aún militaba en Liberación y ni siquiera soñaba con el PAC.

Sobre el voto de la Sala IV que declara constitucional el TLC, don Alberto afirma: “Técnicamente, la Sala lo que hace es emitir una opinión exclusivamente sobre lo que se le requirió, y no hizo ‘declaración’ alguna respecto al TLC”. Aquí le concedo razón, “técnicamente”. En efecto, el voto no fue una “declaración”, sino una sólida Resolución (la número 2007-09469); es decir, algo de mucha mayor envergadura. Razón de más para tomarla en serio.

Don Alberto escribe, en referencia al suscrito: “Mi ‘considerado’ crítico me pone a decir que el ‘casi’ desmantelamiento de la Asociación para el Servicio Exterior fue producto de mis denuncias”. Y añade el diputado: “Lo que dije fue otra cosa”. Pero en su primer artículo se vanaglorió de “haber contribuido decisivamente con mis denuncias a casi desmantelar” dicha asociación. ¿No es lo mismo, o es que don Alberto se creyó tanto su cuento que ahora lee en chino?

Mala memoria. Sigue el diputado: “Ulibarri… me pone a afirmar que el supuesto pago por China a cambio de relaciones fue ‘parcialmente aceptado por el Canciller’, y luego, citando a Stagno, me desmiente”. Releo esta frase de su primer artículo: “El asunto ya fue parcialmente aceptado por el propio canciller Stagno, en carta que remitió a mi persona”. Es decir, Salom sí afirmó lo que ahora niega. Además, en la carta que menciona, don Bruno calificó de “simplemente inadmisible, temeraria y contraria al sentido común” la sospecha fabricada por Salom. Además de iracundo, don Alberto es pésimo lector.

El diputado sí acepta que la “operación embarre” que montó contra la Cancillería se basó en versiones de dos exfuncionarios despedidos de sus cargos. Como defensa, afirma que fueron “los mismos que en su momento le entregaron copiosa información” aLa Nación . Cierto. Pero omite que los periodistas consultaron a otras fuentes antes de denunciar los pagos de Taiwán a la Asociación para el Servicio Exterior. Don Alberto, en cambio, simplemente repitió lo que dijeron esos señores y el Gobierno taiwanés.

La Nación, además, nunca insinuó, como sí lo hizo el diputado en declaraciones al diario Extra, que el Canciller trajera millones de China. Y tampoco los periodistas intercedieron ante el ministro de la Presidencia, Rodrigo Arias, para llegar a un “arreglo extrajudicial” con sus fuentes, lo que sí hizo Salom. Al menos en periodismo, esto se consideraría una grave falta a la ética.

Moralismo y tribunales . Como, al contrario que el diputado, rechazo las poses moralistas, en mi segundo artículo dije que omitía cualquier juicio sobre su actuación. Ante esto, don Alberto de nuevo se desorbita y me acusa de lanzar “la peor de las insinuaciones” en su contra y de “jugar” con su honor. Además, en el clímax de su iracundia, me invita a que lo acuse ante los tribunales.

Rechazo trasladar el debate político a estrados judiciales, mal frecuente del que don Alberto parece contagiado. Cuando dije que omitía juicio sobre su actuación, lo hice, simplemente, porque el tema central de mis artículos no era el diputado, sino su partido.

Además, como ingenuo que a veces soy, no se me ocurrió que, al interceder en favor de los exfuncionarios de la Cancillería, don Alberto pudiera incurrir en un acto que ameritara denuncia judicial. Pero ya que es él quien lo sugiere, no yo, ¿por qué no lleva voluntariamente su caso, al menos, ante el tribunal de ética del PAC? Esto les daría excelente oportunidad, a él y a su partido, para probar que han comenzado a superar su inconveniente adolescencia política, aunque sea en parte.

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