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/LA NACIÓN

Deudas sentimentales

“Emparentados” en cuestiones de vida académica, filosofía y acción política

Róger Churnside
Economista

Tengo deudas conceptuales y sentimentales con muchas personas. Aquí voy a reconocer dos: una con el historiador Carlos Meléndez Chaverri (q.e.p.d.) y otra muy parecida con el estudioso de gestión pública, Wilburg Jiménez Castro. Digo “reconocer”, no “descargar”, porque tales deudas nunca pueden ser pagadas. Lo hago en público porque, seguramente, miles de otros graduados de la Universidad de Costa Rica compartirían la misma intención. Y lo hago conjuntamente porque me di cuenta de que las deudas se derivan de ciertas cualidades comunes que he observado en la vida académica de los dos, de una similitud de experiencias personales que he compartido con ellos, y de un mismo profundo afecto que llegué a tener por ambos.

Don Carlos fue en historia, como don Wilburg es en gestión pública, un asiduo y disciplinado recolector de información. Desde esa perspectiva, los dos cumplieron una función indispensable para el desarrollo de sus respectivas disciplinas en la Universidad de Costa Rica. Y quienes posteriormente han intentado realizar una labor más analítica e interpretativa en cualquiera de esas ramas del conocimiento social o en otras relacionadas con ellas, como Economía, Derecho y Politología, no podrían hacerlo científicamente sin el acervo de datos empíricos que esos investigadores –y otros como ellos– recolectaron pacientemente y compartieron generosamente a lo largo de muchos años. ¿Quién fue el científico que dijo que, si logró otear un horizonte más lejano, fue porque se paró en los hombros de otros?

Respeto y estima. Para fortuna mía, conocí la obra de esos dos académicos desde mis primeros años como estudiante de Economía: la de don Carlos, directamente, como alumno de su curso Historia de las Instituciones de Costa Rica, en la etapa de Humanidades y Estudios Generales, y la de don Wilburg, indirectamente, por su labor como decano de la Facultad de Ciencias Económicas y promotor del departamento de Administración Pública, donde llevé algunas materias complementarias en mi formación de economista. Sin embargo, en mis estudios de postgrado –maestría y doctorado– fue cuando, además de conocer y aprovechar ampliamente sus aportes al realizar “investigaciones de campo”, percibí el respeto y la estima de que gozaban en el ámbito internacional.

A partir de esa segunda etapa de mi relación con ellos, desarrollamos afinidades y vínculos más allá de lo académico, tanto, que, ante determinadas circunstancias y acontecimientos, don Carlos un día me expresó su satisfacción porque estábamos “emparentándonos”; y, por otros criterios y razones, con don Wilburg también llegamos a establecer lazos de “parentesco”. Además, dicho sea de paso, todo ello concuerda con una frase que don Eugenio Rodríguez Vega aplicó para describir coincidencias que hemos tenido a lo largo de muchos años: en la presentación de un libro mío escribió, muy amablemente, que se sentía “emparentado” conmigo en cuestiones de vida académica, filosofía y acción política. Entonces, al respecto, solo se me ocurre decir, como hace nuestro pueblo, que, con “parientes” de esa calidad, ¡estoy salvado!

Legado y aprovechamiento. Como último punto, con miras al futuro, pensando en el legado de ambos investigadores, pienso que también comparten lo siguiente: merecen que la gran cantidad de documentos acumulados por ellos, a lo largo de muchos años, quede a disposición de los estudiosos de sus respectivas disciplinas en secciones específicas de las bibliotecas u otros espacios propios, debidamente designados con sus nombres. Esta es una práctica seguida en las mejores universidades del mundo, no solamente para que el material sea aprovechado eficientemente, sino también para destacar el ejemplo de cada personaje como individuo, sus cualidades intelectuales y humanas en general, así como el agradecimiento de la comunidad universitaria por sus servicios.

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