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/LA NACIÓN

Los mitos anti-TLC

El estudio a conciencia del Tratado permite tener un criterio derivado del conocimiento

Fernando F. Sánchez C.
Politólogo

Decía Thomas Jefferson que “la ignorancia es preferible al error”, y lo es, agrego yo, porque la luz del conocimiento puede disipar la ignorancia. El error, al contrario, lleva a acciones incorrectas y a consecuencias indeseadas. Como es sabido, la ignorancia facilita el error al tomar decisiones.

La complejidad técnica de un texto como el TLC con EE. UU. y la poca información sobre este en buena parte de la población han permitido que ciertos personajes lo manipulen para convertir la ignorancia en error, a través de una serie de mitos “a la carta” (fabricados según los intereses y preocupaciones del público de turno). Surgen a partir de diversos métodos de lectura sesgada. Al analizarlos, es sencillo comprender el origen de los distintos mitos.

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/LA NACIÓN

kPrimero, se utiliza una “lectura descontextualizada”: se ignora el panorama general del texto para resaltar un único punto aislado y deformado. El truco es hacer más creíble una mentira sacándola del contexto. De esta lectura se deriva, por ejemplo, el mito sobre la fabricación de armas pesadas en suelo nacional. Así, distorsionando la famosa partida 93 del Tratado, varias voces del NO repiten este mito hasta el cansancio. Sin duda, “el mejor pretexto para desvirtuar un texto es sacarlo de contexto”.

kSegundo, se apela a una “lectura en negativo”. El TLC es un instrumento de Derecho Internacional Público, regido por el principio de legalidad. Como tal, los Estados no lo pueden aplicar fuera de los aspectos que defina expresamente. Pero los fabricantes de mitos invierten este principio interpretando que lo no incluido en el TLC simplemente desaparece. Endilgan al TLC un poder casi “mágico” para borrar de un plumazo leyes e instituciones, y lo culpan de consecuencias que no tiene. Ejemplos son los mitos de que el TLC privatiza la educación pública, debilita la legislación ambiental o cierra las ferias del agricultor. Igual sucede con la supuesta derogación del aguinaldo y las pensiones, que el TLC ni menciona ni afecta.

kTercero, grupos de la oposición extremista emiten una “lectura ideologizada”, que da pie al mohoso discurso empleado por personajes “anti-imperialistas” del NO (con artillería de apoyo desde La Habana, Caracas y Managua), y consiste llanamente en atacar contenidos del Tratado ya aceptados en otras ocasiones, por tratarse esta vez de EE. UU. La “lectura ideologizada” del TLC provoca que varios opositores se escandalicen, entre otras cosas, por el mecanismo de resolución de controversias del Tratado, que es idéntico a otros que ya Costa Rica tiene vigentes (México, Chile, Canadá, República Dominicana y Caricom), sobre los que no hubo mayores reclamos.

kCuarto, se da una “lectura injusta” del Tratado, con la que se le culpa de problemas que nada tienen que ver con él, y que se arrastran desde hace años en el país. Así, se dice que el TLC aumentará la brecha social, cuando ya viene en aumento desde 1998, según datos del INEC. La inseguridad ciudadana, el no reducir la pobreza, la poca inversión en energía e infraestructura, los problemas del agro y del sistema de salud, y la falta de control sobre la explotación ambiental, entre otros, también son males añejos que deben corregirse con o sin TLC, y no consecuencias de él.

kQuinto, se ha llegado a la “no lectura”. Ottón Solís afirma que “el TLC es tan malo que no hace falta leerlo para oponerse”. Pensar así abre la puerta para cualquier argumento, por ridículo que sea. De la “no lectura” se han derivado mitos como la pérdida de la isla del Coco, la desecación de los mantos acuíferos (y su traslado, vía “megatuberías”, a EE. UU.), la privatización del ICE, la quiebra de la CCSS, la desaparición del Cuerpo de Bomberos, el tráfico de órganos humanos, el envío de jóvenes a la guerra en Iraq (¡!) y otras sandeces.

Peor aún, la “no lectura” ha validado como “argumentos” las amenazas de sedición callejera proferidas por la Comisión de Enlace anti-TLC, sindicalistas y otros miembros de la izquierda agresiva.

También han permitido las desorbitadas proclamas de Eugenio Trejos, quien a menudo ha ofrecido su “cadáver” antes que aceptar una victoria del SÍ.

Gobernar es educar, suele decir el presidente Arias. El primer paso para combatir la ignorancia es comprender la genética de los mitos, saber de dónde y por qué vienen, y desnudar sus intenciones. El estudio a conciencia del TLC permite ilustrarse y tener un criterio derivado del conocimiento. No obstante, genera también una gran responsabilidad: despejar la ignorancia e impedir que otros, con intereses nada patrióticos, conviertan esta ignorancia en error, el error en soberbia, la soberbia en intolerancia y la intolerancia en odio. Nuestra ruta, por el contrario, debe ser la de convertir el conocimiento en progreso, el progreso en solidaridad, y la solidaridad en paz. Así es como se ha construido Costa Rica.

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