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Los herederos de la paz Seguimos construyendo la paz, un proceso abierto a todos los jóvenesÓscar Arias Sánchez Presidente de la República Aprender sobre la guerra a partir de un libro de historia es un verdadero privilegio, del que hoy gozan los jóvenes centroamericanos. No es lo mismo leer que más de 200.000 personas murieron en las guerras civiles centroamericanas, que observar las filas de muertos alineados en el suelo, descomponiéndose al aire libre, mientras viudas o huérfanos revisan cada cuerpo, buscando el rostro de su ser querido. No es lo mismo leer que las potencias extranjeras enviaban a la región cientos de millones de dólares en armamento militar, que respirar el aire cargado de polvo y pólvora, sentir la tierra temblar por el paso de un tanque, o escuchar la balacera sin pausa, como lluvia que anuncia una muerte inminente. No es lo mismo leer que más de tres millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares, y emigrar a otros países, que recorrer los pueblos fantasma en donde nadie habitaba las casas teñidas de sangre, o ver las olas de refugiados que el tormentoso mar de la guerra dejaba de costa en costa, de ciudad en ciudad. Estas eran las anécdotas que se narraban cuando realicé mi primera campaña política, en el año 1985, cuando la noticia de que algunas partes del norte de Costa Rica estaban siendo utilizadas como frente sur de la lucha centroamericana, y que oficiales del Ejército estadounidense estaban entrenando soldados de La Contra nicaragüense en nuestro suelo, nos dieron el primer campanazo de alerta sobre una realidad innegable: Costa Rica no podría permanecer durante mucho tiempo como simple espectadora de la contienda centroamericana, porque más temprano que tarde, los contendientes empezarían precisamente a luchar también en nuestro propio territorio. De cara a este panorama, a nuestro país se le presentaban dos posibilidades: o se sumaba a la guerra, escogiendo uno u otro bando, o luchaba intensamente por que toda Centroamérica alcanzara la paz. Derechos humanos. Por eso, en enero de 1987, tomé la decisión de redactar un Plan de Paz, constituido por 10 acciones prioritarias. El cese al fuego para iniciar el diálogo era algo así como la obertura de los acuerdos de paz. Su Leit - motiv , en cambio, era la democratización de la región. Todo el espíritu del Plan de Paz estaba inspirado en la convicción de que ninguna pretensión de paz tiene sustento si no va acompañada de una garantía de respeto a los derechos humanos y al Estado de derecho; si no va acompañada de la certeza de que los ciudadanos podrán manifestar su conformidad o disconformidad con las políticas de gobierno, a través de las elecciones periódicas y pluralistas; si no va acompañada de la existencia de instituciones democráticas fuertes que garanticen la estabilidad social; si no va acompa- ñada, en fin, de los rasgos distintivos de toda democracia. El Plan de Paz fue enviado a todos los presidentes centroamericanos para su estudio y análisis. Yo visité personalmente a cada uno de ellos para discutir sobre los alcances de nuestra iniciativa y fijar una fecha para una reunión que tendría lugar en Ciudad de Guatemala. Era vital, sin embargo, que los presidentes que nos preparábamos para acudir a Esquipulas II lo hiciéramos convencidos de que contábamos con el apoyo de la comunidad internacional, porque sabíamos de sobra que contábamos con la férrea oposición de los Estados Unidos, de Cuba y de la Unión Soviética, todos convencidos de que la única salida a los problemas centroamericanos era una salida militar. Por eso realizamos una intensa campaña de cabildeo en Europa y América Latina para asegurarnos el apoyo de la comunidad internacional. Los nuevos artífices. La presión de las superpotencias para que no se celebrara la reunión en Guatemala fue muy fuerte, pero no estuvimos dispuestos a aceptar sus imposiciones. Después de varios cambios de fecha, Esquipulas II se llevó a cabo en agosto de 1987. Encerrados en un cuarto de hotel hasta no ponernos de acuerdo, y contra todos los pronósticos, logramos firmar la paz. Una paz que no fue producto de presiones extranjeras, sino, todo lo contrario, fue un producto que obtuvimos a pesar de esas presiones. La construcción de la paz, sin embargo, no ha concluido todavía. A pesar de que ya no se matan los jóvenes guerrilleros, sí se matan los jóvenes pandilleros; a pesar de que ya no lloran las madres porque sus hijos están en la guerra, sí lloran porque no están en el colegio; a pesar de que ya no emigran los pueblos por causa de la violencia, sí emigran por hambre y por falta de oportunidades. Seguimos construyendo la paz, y ese es un proceso en que todos los jóvenes están llamados a participar. Los jóvenes son los herederos de la paz en Centroamérica, les toca ahora ser los artífices de todo lo que resta por hacer.
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