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Tumanov o del manejo del tiempo Luis Antonio Bedoya arhzus@yahoo.es Escritor Nos llena de gusto que el Teatro Nacional, la Universidad Nacional y el Instituto Superior de Artes mantengan una temporada pianística regular y accesible. El 21 de agosto, ese sentimiento se vio acrecentado en grado sumo, pues nos fue dado presenciar un espectáculo por todo extremo encomiable: el espléndido recital ofrecido por el pianista Mijail Tumanov. Sin la acostumbrada necesidad de detenerse en cuestiones de virtuosismo, formación, preparación y demás escrúpulos escolásticos, hemos de declarar que Tumanov posee un don: el manejo magistral del tempo dramático, la más violenta expresión vital misteriosamente unida al comedimiento circunspecto del asceta. En efecto, un misterio: mocedad helénica y éxtasis místico cerrados en unidad perfecta. En Bach, apreciamos esa solemnidad monástica acuciada, sin embargo, por veleidades hedonistas. Scarlatti, como duendes malos liberados, saltos, rayas de fuego.Sonata quasi una Fantasia de Beethoven(Opus 27 No. 1, ya que no se trata de laNo.2, conocida comoClaro del luna) produjo la sensación más pura del vértigo: la ejecución delstacatto antojábase, a lo menos, un rito de iniciación; el intérprete domeñaba al piano, como al minotauro, no obstante estático, con fresca energía, ajeno al temor. El tema, severo, lo que desnuda esa malentendida madurez académica que nuestra crítica defiende en cuanto a quién entiende o no una obra de arte. Entre la audiencia, alguien manifestó su temor ocasional a que el pianista, habiéndose liberado de todatejné, estuviese tocando con la imaginación misma; tan acostumbrados estamos a oír a Beethoven interpretado por románticos. Impresionante matiz. En Schumann escuchamos momentos de honda desolación sobresaltados por repentinos relámpagos de angustia. Impresionó el matiz sobrecogedor de una nota final, suelta (liberada), sotto voce, como la última palabra de una vida: ese sumo esmero puesto en las voces ahondaba en profundidad la obra del alemán. En la tercera parte de esa obra, atestiguamos la renuncia a toda solemnidad por la expresión pura. En Petruschka de Stravinsky, y como si la intensidad y el abigarramiento de las sensaciones no hubiese bastado a lo largo del concierto, Tumanov ingresó en un estado hipnótico que conmovió hasta la médula, comparable solo a un eclipse lunar de tremendo escarlata: velocidad vertiginosa, impecable precisión, conocimiento profundo de esa música y conjunción plena con ella. La versatilidad del joven intérprete, que, por un momento, nos distanció saludablemente de la demasiado difusa toxina romántica tan propia en nuestro gusto convencional, es de las mejores finezas que el auditorio haya disfrutado.
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