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A Jacques Sagot, con afecto Esta diputada recoge el guante de su artículo del 14 de agostoClara Zomer Diputada Empecemos, como usted lo hace, con Pericles. Ciertamente la democracia de aquella época, imperfecta como lo fue, nos llena de nostalgia. Pericles definía a la democracia como el régimen político donde la administración se ejerce por la mayoría. En su Discurso Fúnebre, según el historiador Tucídides, dice: “Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”. Casi suena a mis modernos oídos como una disculpa sobre el excesivo debate, y la posibilidad de la inacción, cuando a continuación dice: “Con justicia pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros”. Cuánta agua ha pasado bajo el puente en la definición y el ejercicio de la democracia. Sobre todo cuando llegamos a la democracia tica, donde una minoría puede –si es experta en el uso o abuso del procedimiento– prolongar el debate al infinito e instaurar de facto, una dictadura de esa minoría. “Acatamos las leyes”. Siglos de experiencia nos muestran, sin embargo, que, a pesar del descrédito en que caen los diputados en todos los parlamentos del mundo –en un momento u otro de la historia–, también es cierto que a veces, algunas veces, se producen decisiones que en el devenir de la historia de las naciones promueven el bien común de manera más efectiva que en otros tipos de gobierno. Mejor lo decía Pericles: “acatamos las leyes, en particular las dictadas a favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir”. Algunos problemas surgen cuando es la demagogia lo que se persigue y no el bien común, o en aquellos momentos cuando no es fácil distinguir entre el interés de la comunidad que representamos y el interés de la nación en conjunto. Existe la tentación de negociar o llegar a un compromiso en todos los momentos para parecer exitosos, cuando en realidad estamos obviando el hecho de que no siempre está en los mejores intereses de los ciudadanos el llegar a un acuerdo que no beneficia a las mayorías o que evidentemente traiciona nuestros principios e ideales. Pero tampoco debemos por ello renunciar a los acuerdos o los compromisos cuando esos acuerdos expresan un genuino interés por el bien común y por conciliar las diferencias. No hay evidencia. Uno de los problemas que ahora enfrentamos en Costa Rica ya había sido previsto por John F. Kennedy en su libro Perfiles de coraje. Habla el entonces senador Kennedy –a propósito de su propio país– de la necesidad de que los partidos políticos con responsabilidad partidaria ejerzan el principio de rendición de cuentas, y de evitar que el escenario político bipartidista se desintegre en múltiples partidos, cuya pureza ideológica y rigidez en los principios crece inversamente proporcional al tamaño de su membrecía. No nos satisfizo el bipartidismo en Costa Rica y así lo expresamos en las elecciones, pero el nuevo estado de cosas nos ha conducido a una situación que aún no ha demostrado sus beneficios al país. Finalmente, estamos en Costa Rica ante un escenario inquieto, el de enfrentar un pasado idealizado con un presente presuntamente preñado de peligros. Ante esa falsa disyuntiva, vale la pena acordarse de lo que decía Winston Churchill, que algo sabía de parlamentos y parlamentarios: “Si se pone a pelear el pasado con el presente, habremos perdido el porvenir”.
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