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Opinión Roberto García rgarcia@nacion.com Periodista Si usted tiene alguna relación con el futbol o con el deporte en general, si es una personalidad de trascendencia, o si al menos aspira a que su nombre sea un motivo de evocación y respeto cuando le llegue la hora de partir a la eternidad, especifique bien claro en su testamento que, ¡por favor!, no le dediquen un minuto de silencio en un estadio, como “homenaje” previo a cualquier juego del futbol de la Primera División. No hay irrespeto mayor que el tal minuto de silencio, un ritual venido a menos por la forma en que se realiza, completamente ajena a lo que, se supone, esa pausa tendría que ser, un espacio de reflexión en un templo del deporte. Sin embargo, el menoscabo que sufre la memoria de la persona desaparecida, expuesta a todo en ese momento, lejos del consuelo, solo provoca más dolor a los seres queridos que dejó en este mundo. Primero, el árbitro suele lanzar el pitazo sin comprobar si los jugadores de ambos equipos están en sus puestos. Luego, apura el cronómetro de tal manera que el minuto tarda, si acaso, 15 ó 20 segundos. Claro, dadas las circunstancias que se suelen presentar, esto es lo aconsejable, puesto que mientras el ceremonial transcurre, generalmente algún pachuco aprovecha el silencio en el ambiente y se suelta con algún exabrupto. El árbitro Rándall Poveda, por ejemplo, rompió el récord el sábado anterior en el estadio Saprissa. Su minuto de silencio (en memoria del jugador español, Antonio Puerta), no superó los cinco segundos. ¿Dedicado? ¡Menos! En los años 60, cuando se le dedicaba el partido a alguien, los capitanes y el árbitro se desplazaban hasta un costado del campo, saludaban al personaje y lo acompañaban hasta el centro de la cancha. Ahí, con los restantes 20 jugadores debidamente colocados en la circunferencia del círculo central, el agasajado daba el puntapié de honor, recibía el aplauso de los futbolistas y de la concurrencia, y acto seguido abandonaba el terreno de la misma manera como había entrado a la cancha, junto con los capitanes, el árbitro y algunos dirigentes. Fíjese cómo sucede ahora. El anunciador dice el nombre del personaje a quien se le dedica el partido, este ingresa con los directivos, con los capitanes y el árbitro, igual que antes, es cierto, pero al hacer el saque de honor, los demás ni se enteran. Y mucho menos el público. En fin, estas ceremonias, si no se procede con la debida corrección, lo mejor es no hacerlas.
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