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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El Eco Católico , que, en nuevas manos, es eco fiel de la Iglesia Católica, publicó ayer un documento intitulado “Clero y política”, en el que figuran las directrices de la Conferencia Episcopal de Costa Rica y del papa Benedicto XVI sobre la participación –o abstención– de los sacerdotes en la política, máxime cuando para este menester ideológico o político se utiliza la santa misa. En ese documento están las normas, claras, objetivas y obligatorias. Algunos las objetarán y las quebrantarán, como ha ocurrido siempre. La Iglesia Católica tiene una póliza de seguridad trascendente, pero es una comunidad de seres imperfectos, como toda institución regida por humanos. Uno de sus signos distintivos es que, a pesar de caídas, traiciones, apostasías y escándalos internos de todo género, suficientes para tumbarla, sigue en pie. Es un fenómeno impresionante que, empíricamente, no se debe subestimar. En este concierto de divinidad y de humanidad sobresale el sacerdote, cuya práctica vital o vocación –llamada– exige condiciones muy especiales, casi heroicas, máxime en el mundo actual, donde impera la tiranía del relativismo, esto es, la ideología del “todo vale”. Pese a ello, unos y otros, tirios y troyanos, le exigen al sacerdote, en su ministerio, en la vida pública y desde su propia soledad o solitariedad, como diría Unamuno, que dé la talla. En el caso de Costa Rica, la situación del sacerdote es más comprometedora aún por cuanto su figura está íntimamente vinculada con nuestra historia. Hasta el desarrollo del futbol nacional, en los primeros años del siglo XX, está aparejado a la presencia y acción del sacerdote, como lo estuvo también al pensamiento y visión de egregios educadores y políticos nacionales. En este orden de ideas, la misa es para los católicos un momento capital en sus vidas y en la del país. Duele, por ello, entrañablemente que ese tiempo sagrado se rebaje con exposiciones, desviaciones o insinuaciones ajenas al tesoro inmenso del evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia. El mal ejemplo del sacerdote, tentado por la política, por la lucha de clases y, en estos meses, por el TLC, causa desdoro y alejamiento. ¿Cómo va un sacerdote a pedirle al pueblo que cumpla los preceptos divinos y las normas de la Iglesia, si él, dentro y fuera de ella, las irrespeta o interpreta según su conveniencia? El TLC no quebranta los derechos humanos. Son otras las causas –personales y sociales– de estos quebrantos. La dignidad humana en toda su radical brillantez: he ahí el gran principio rector.
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