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¿Inversión o despilfarro? Yalena de la Cruz yalenadelacruz@yahoo.com Odontóloga Los planes operativos de las instituciones públicas son muy amplios, y dan un marco a los ejecutores para diseñar los programas de valor agregado que incidan en el cierre de brechas y solución a los problemas. Pero no siempre se desarrollan programas viables y ejecutables de real impacto social y mejora de las condiciones de vida de las personas; entonces, en el curso del año, se gasta en los rubros de siempre: salarios, alquileres, etc. Así, en setiembre aparece el fantasma del superávit: si no se gasta el presupuesto, al año siguiente será disminuido. Para evitar caer en la tentación de vaciar (¿despilfarrar?) las arcas contra el superávit en gastos no sustantivos (estéticos, como remodelación de oficinas, por ejemplo) y fáciles (en términos de contratación administrativa), las instituciones deben analizar el gasto a partir de setiembre (en especial, los presupuestos extraordinarios) con criterios de medición de su impacto en la solución de los problemas a cargo de cada institución y con indicadores de satisfacción del interés público. Porque, en cada setiembre, la inversión pública no debe dejar los programas sustantivos para el año siguiente (argumentoad aeternum ), cuando “sí va a haber tiempo”, e ideas, para hacer y ejecutar programas.
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