Costa Rica, Domingo 28 de octubre de 2007

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Miguel A. Campos Sandí

¿Habla usted latín?

 ¿Habla usted latín? A propósito de un rezo en San Rafael de Heredia

Lic. en FilosofÍa

En 1984, a la calle Ciénaga, en Concepción de San Rafael de Heredia, no había llegado aún la luz eléctrica. En diciembre de ese año, la familia de Lizanías Hernández y doña Tina, campesinos amables, nos habían invitado al “rezo del Niño”. La calle era de barro. Caía una ligera llovizna. En la casa, lámparas y velas. En el patio, se movían multitud de candelillas, agitadas por el viento que se filtraba entre los árboles que rodeaban la casa. Abajo, los parchones de fuego del Valle Central y en el cielo oscuro, las estrellas que se apretujaban amorosamente.

Llegamos y nos sentamos en las bancas de tablas del corredor. Poco a poco, se fue llenando el espacio, con cuerpos y sombras, de los invitados que llegaban desde las casas escondidas, por los trillos y potreros. Era increíble ese convivio tan especial, de risas y saludos, sencillos y espontáneos, en una luminosidad casi mística, a tan corta distancia de Heredia.

Llegaron los rezadores: una mujercita vieja y arropada en un chaquetón y los cantores acompañantes del grupo. Distinguí entre estos, a Víctor Vargas, que de día manejaba la pala y el machete y que ahora, con sus pesados dedos, rasgaba una mandolina con delicadeza.

Contestábamos las avemarías del rosario, en una cadencia que subía y bajaba, con fuerza o languidez y con alargamiento de vocales. Y de pronto, al final del misterio, aquella voz, aguda y quejumbrosa, entonaba un avemaría, ¡en latín! En un latín con alteraciones, pero latín.

Latín oral. En los matrimonios celebrados en la ciudad, se incluye a veces en el programa el canto del Ave María de Schubert o de otros autores, y la cantante usualmente tiene el texto delante. Pero aquí no. En la claridad amarillenta de las velas, la mujercita guía, de memoria, entonaba la oración en latín, con unos gemidos de sentimiento que se asemejaban al triste y melancólico canto del jilguero, cuando canta al anochecer.

Y, después, llegó el momento de las letanías. Y aquella rezadora iba recitando de memoria, en latín, los atributos de la Madre de Jesús. La comunidad presente, respondía, miserere nobis y ora pro nobis .

Se me antojó, que en esa noche estábamos enlazados con una tradición venerable, que resistía los cambios de la tecnología alucinante. Las variaciones que en la pronunciación del latín ejecutaban aquellas personas de elemental o nula alfabetización, se asemejaron con las variaciones que el pueblo bajo, en la Edad Media, fue causando en el latín popular, hasta su evolución en las lenguas romances.

Lengua precisa y bella. ¿Quién podría imaginarse que una cantante sustituyera el Ave María, gratia plena por “Dios te salve, María, llena de gracia”, en las mismas notas de Schubert ? Por alguna razón quedó en la memoria y en el corazón de las alumnas antiguas del Colegio María Auxiliadora, como en mi esposa, la melodía en latín –también con ligeras variaciones– de la Salve Regina, Mater misericordiae , que cantaba en el patio del colegio frente a la imagen de la Virgen. Hay que entender las circunstancias, como recomendaba el maestro Ortega y Gasset, para entender diferentes actitudes de la gente.

Benedicto XVI. ¿La misa en latín, de nuevo? Los periodistas y comunicadores que disponen ahora, como nunca antes, de un arsenal asequible de información, no se toman el cuidado de informarse, no digamos a fondo, sino por lo menos con propiedad, acerca de los temas que proponen. A este pontífice, docto en teología y culto como el que más, se le han atribuido afirmaciones que han causado revuelo entre los lectores que se dejan llevar por las gacetillas superficiales. En los corrillos y círculos profesionales y familiares, más de uno ha cuestionado el “sin sentido de volver a una misa en latín, de espaldas al pueblo, y que nadie entiende”.

Se comete así una injusticia de apreciación y calificación, por desconocimiento del contexto. El obispo de Roma no ha querido, de ninguna manera, desvirtuar las disposiciones del Concilio Vaticano II, que renovó la liturgia con el nuevo misal de Pablo VI y Juan Pablo II, introduciendo las lenguas nativas de los fieles en el rito sagrado.

Explicado en forma fácil, lo que ocurrió fue que un grupo de eclesiásticos y fieles, apegados a la tradición litúrgica tridentina anterior, de Pío V y Juan XXIII, quisieron mantenerse celebrando el rito con el empleo del latín y con el sacerdote encabezando las preces del pueblo ante Dios, y no queriendo darle la espalda.

Usando ese latín de entonaciones precisas y en esas melodías gregorianas, que llegan al espíritu, como cualquiera podría apreciarlo, con solo escuchar, por ejemplo, los discos grabados en el Monasterio de Silos, ese grupo mencionado sintió que “perdió” algo que tenia muy arraigado en su formación cultural religiosa.

Summorum pontificum. Nuestro Sumo Pontífice, fiel a su consigna de luchar por alcanzar y mantener la paz, ha querido con su Motu Proprio Summorum Pontificum, abrir una vía para que los disidentes, los seguidores particularmente de monseñor Lefebvre, puedan curar sus heridas y seguir con su forma ritual, respetando, como es lógico, la nueva.

Como señalan los analistas doctos, las dos formas se aceptan con regulaciones benévolas y claras. Las dos estarán vigentes, como formas ordinaria y extraordinaria. Sin caprichos y salvando y conservando lo mejor de cada una.

Identidad con la tradición. Me gusta ese espíritu y capacidad que adorna a nuestro papa Benedicto XVI, para reconocer, sin ambages, las cosas buenas que se dan en las tesis, aparentemente divergentes o contrarias, y reconocer también las fallas que se producen cuando se toman disposiciones que a veces parecieran precipitadas.

Dar cabida a los que quieren mantener una tradición, es característica valiosa de una cultura, en este caso la religiosa, que ofrece una gama de alternativas iluminadas por la fe y el amor.

Para que una misa siga el ritual tridentino, en latín, el cura o el superior, sencillamente deben sujetarse a unas normativas fáciles del Motu Proprio. Y, si no, el obispo o el sacerdote seguirán con el misal nuevo, en nuestra propia lengua.

Concluyendo, con una comparación ad extremum , si un sector de población religiosa no acepta cantar o recitar el avemaría o la salve o las letanías en latín, podrá hacerlo; pero igualmente se respetará el aliento cultural que lleva a doña María, en Concepción de San Rafael, a elevar las preces al cielo en su latín evolucionado.

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