Costa Rica, Sábado 27 de octubre de 2007

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PÁGINA QUINCE

Jacques Sagot

Manos unánimes

Pianista

A partir de este momento quedan abolidas esas dos terribles categorías que el hombre inventó para la guerra y su metáfora social: el deporte. Me refiero a las nociones de “ganador” y de “perdedor”. El enemigo no es ya interno, sino externo, y contra él debemos amalgamarnos. Monstruo de mil cabezas: miseria, ignorancia, violencia, corrupción… Tantos frentes a combatir requerirán un pueblo capaz de ese esfuerzo supremo que las democracias demandan a sus ciudadanos: dejar atrás las divisiones intestinas, actuar desde la serenidad, deponer los egos maltrechos, ver por encima de la amargura y las heridas mal suturadas. Esa fase –legítima y, como diría Nietzsche, “humana, demasiado humana”– debe quedar atrás, perdida en “los siete mil años del ayer” de que hablaba Omar Khayyam. No lo haremos sin evitar ciertas graves aberraciones políticas. Helas aquí.

Basta ya de “miradas vigilantes”. Este concepto plantea implícitamente una dualidad maniquea del mundo político: los sumos custodios de la justicia, por un lado, los rufianes que requieren fiscalización las 24 horas del día, por otro. Si aceptamos esta dinámica deberíamos entonces preguntarnos: ¿Quién va a vigilar a los vigilantes?

No hablar en nombre de un pueblo que no es mudo, cuya voz goza de perfecta salud, y que ya la usó para expresar el modelo de desarrollo que juzgó adecuado. ¿Significa esto que las mayorías tengan siempre razón? No. Pero si partimos precisamente del principio democrático –correcto o no– de que la verdad está ahí donde la reconoce la mayoría, entonces debemos aceptar las reglas del juego, con caballerosidad e hidalguía.

Basta de ambivalencias. Cuando, envalentonado por el resultado de las encuestas, don Ottón creía que el NO iba a prevalecer, su mensaje, generoso y conciliador hubiera podido haber salido de los labios de Platón. Tan pronto se impuso el SÍ, toda esa caballerosidad se transformó en implícitas acusaciones de chanchullo, suspicacias contra el Tribunal Supremo de Elecciones, pataleos y amenazas de contener la respiración.

Esa no es manera de cimentar la armonía que el país desesperadamente necesita. En este momento, todo discurso que no propenda a armonizar las disonancias es criminal. La democracia no solo consiste en la práctica de la “tolerancia” por las ideas de los demás (¿“tolerar”? eso es lo que haría uno con un mal vecino), sino en comprenderlas, en realizar lo que Bergson llamaba un “esfuerzo de empatía imaginativa”; esto es, desarrollar la capacidad de ponerse en la perspectiva del otro y ver el mundo con sus ojos, no para decretarlo falso o verdadero. Simplemente para entenderlo y aceptar su legitimidad. La democracia consiste en celebrar el hecho de que haya mundos diferentes de los nuestros. Que son genuinos y no deben ser descalificados. Como decía Borges, “la razón o la tenemos todos o no la tiene nadie”.

Basta ya de acogerse al “síndrome de David” (“ofrecimos garrida lucha contra una maquinaria propagandística colosal, implacable, monstruosa”… etc. etc. ¿Ah sí? ¿Y el apoyo casi unánime del clero en contra del TLC, pungiendo las fibras más atávicas de nuestro pueblo? ¿Y la intervención de los senadores americanos llamados a última hora? ¿No es esto injerencia? ¿Y la campaña de todas las universidades estatales y sus múltiples recursos (periódicos, conferencistas invitados, canales de radio y televisión, profesorado, auditorios convertidos en vulgar tarima para la vociferación y el adoctrinamiento)? Todo esto ¿no es también maquinaria?

Estridente arrogancia. Otro punto: pretender defender a un pueblo contra sus propias decisiones, es decir, contra sí mismo, es ciertamente el acto de arrogancia más estridente que uno pueda concebir.

Tampoco se debe utilizar la difícil coyuntura política que el país viene de vivir como catapulta política. Esto es oportunismo y, en última instancia, egoísmo en su forma más pura. Evitar, por las heridas de Cristo, dar la palabra a rectores comediantes con veleidades presidenciales, que no hacen reír y actúan como irritantes para la maltrecha epidermis del país.

En una democracia, cualquier institución tiene el derecho de sumar su voz al debate político. Pero una cosa es el debate y otra la injerencia. La unilateralidad de los pronunciamientos de la Iglesia Católica –y no es la primera ni será la última vez que lo señale– no han hecho otra cosa que mermar el respeto que el pueblo costarricense le tiene. Una cosa es la militancia de un individuo, otra muy diferente la de una institución forjadora de conciencia.

De gavillas y camellos. Creo profundamente en la misión social de la Iglesia. Pero “social” no quiere decir “política”. La Iglesia hubiera hecho bien en asumir una posición más equidistante en una disyuntiva que involucraba a la totalidad del país, no solo a “los hambrientos a quienes quitarán sus gavillas” (Job, 24, 10), sino a esos ricos que supuestamente no entrarán nunca al reino de los cielos, y cuyos camellos, al parecer, son capaces de atravesar los ojos de las agujas. Esto no hizo, a la postre, sino fundar otra forma de maniqueísmo, en reducirlo todo a una pugna entre gavillas y camellos.

Repito: toda arenga contribuyente a la sedición, a generar desconfianza en nuestras instituciones democráticas y a soliviantar a la gente es, en este momento de la historia, criminal.

Y, por favor, señores, dejen de “exigir”, “conminar” y “rechazar”. Quienes “perdieron” no perdieron, quienes “ganaron” no ganaron. Somos 4 millones de seres luchando por abrirnos paso en medio de un mundo feroz, un planeta convertido en universal disonancia. Dividámonos y seremos aplastados.

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