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Sebastián Alvarado Herrera | sebas.alvaradoh@gmail.com |
El triunfo de la democracia
El mejor ejemplo para cualquier otra nación se dio el 7 de octubre
Estudiante de Derecho, UCR
El pasado 7 de octubre, desperté con la satisfacción de saber que mis hijos leerían sobre ese día en sus libros de historia. Minutos antes de dirigirme a las urnas, crecía en mí la incertidumbre sobre la decisión que debía tomar al encontrarme frente a frente con la papeleta. No se trataba de una decisión a la ligera, o de “saltar al vacío sin paracaídas”, sino de una decisión seria, que traería consecuencias de triunfar mi posición. Semanas antes había elegido mi postura, después seguir atentamente cada debate, leer todo tipo de artículos, participar en foros, debatir con amigos y rivalizar con las posiciones de estudiados de ambos bandos.
Pros y contras que ambos movimientos no quisieron aclarar en sus campañas de desinformación y manipulación me obligaron a rebuscar y encontrarlos en el interés genuino de quien defendía sus ideas frente a mi tesis.
Se trataba de la decisión correcta según mis criterios y análisis, una decisión que sirviera al país y por ende a quienes habitamos en él. Una decisión que garantizara que la concentración de riqueza no quedaría en unos cuantos y que, a su vez, impulsara un modelo de desarrollo dentro de un mercado de libre comercio. Una decisión que beneficiara al país a largo plazo y no únicamente los próximos 5 años, que garantizara también acceder a un mercado agresivo en igualdad de condiciones y no de forma mediocre a causa de presión política. Una decisión inteligente, que nos garantizase no cambiar oro por vidrio cuando se dejase de derramar sangre por aceite en Medio Oriente y las prioridades del principal inversionista en el tratado cambiasen. Una decisión que combatiera su política imperialista con una estrategia mejor pensada, que volteara los ojos del mundo después de que un pueblo entero exigiera un trato equitativo. Una decisión astuta, que permitiera al capital y la inversión nacional competir con las extranjeras.
La ignorancia es la fuerza. No me cabe duda de que el Tribunal Supremo de Elecciones hizo bien las cosas y que el resultado fue congruente con el número de votos en las urnas, como tampoco me cabe duda que mis hijos recordarán el 7 de octubre como el día en que la democracia triunfó, dando el mejor ejemplo a cualquier otra nación.
Sin embargo, la satisfacción había desaparecido. Al conocer el primer corte del resultado, me pregunté si realmente la democracia fue la ganadora. Como si se tratara de una fantasía orwelliana, dudas que semanas antes habían sido opacadas gracias a mi confianza en un pueblo valiente, tenaz y sensato que no se dejaría intimidar, habían vuelto a surgir: ¿Habría escuchado todo ciudadano ese llamado de conciencia al votar? ¿Canalizaron los medios de forma correcta la información? ¿Fue transparente y de buena fe el manejo de la información? ¿Fue la voz del pueblo libre e independiente en su elección?
“Se oponen a la democracia quienes aún cuestionan un resultado inapelable”, rezaba la editorial de La Nación el 9 de octubre. Pero no, rehúso creerlo. Se oponen a la democracia quienes acusan a los ciudadanos de traidores por hacer valer los mecanismos de fiscalización que la ley misma establece a fin de garantizar la transparencia del proceso. Derechos que la ley les otorga en aras de proteger la democracia. Curiosamente, justo a dos días de la votación, cuando la tregua establecida por el Tribunal fue violentada, la prensa no cuestionó la estrategia política de dos gobiernos que se vieron amenazados después de darse a conocer la última encuesta de cara al referéndum.
Democracia e intromisión. Cual juego de ajedrez, esa estrategia política estuvo bien definida desde un inicio por los gobiernos interesados. Nuestros amables vecinos del norte no permitirían que un país subdesarrollado con una democracia consolidada, y ejemplo para cualquier nación del orbe, se negara a ratificar un tratado de adhesión de tal importancia para la región, y que obstaculizara culminar exitosamente su dominio económico en la región.
Los costarricenses fuimos testigos, una vez más, de cuánto le importan al Gobierno estadounidense principios de “no intervención” y de autodeterminación de los pueblos, ante la importancia de “aclarar los alcances” de un posible resultado desfavorable a sus intereses políticos y de quienes invirtieron millones en propaganda a favor de los pobres. Norteamérica nos enseñó también como ser siervos menguados por el miedo, informando a un pueblo impotente ante la amenaza de ser excluidos de ser un país más de su privilegiado patio trasero y a sabiendas de los alcances que las declaraciones de la señora Susan C. Schwab tendrían a solo 3 días del referéndum. La estrategia del miedo, de la duda.
Resonaba en mi cabeza una y otra vez: ¿Es así como funcionaba la democracia? El pueblo habló, y con su mandato el sinsabor de un resultado que pudo ser holgado hacia cualquiera de los dos lados de haberse manejado toda información de forma transparente, responsable y sin intervención. La democracia ideal, la utopía.
¿Habrá identificado todo ciudadano lo que antecedió al pasado 7 de octubre? ¿Habrá decidido el pueblo libremente? ¿Habrá ganado el pueblo, la clase política o simplemente los inversionistas a quienes se debía rendir cuentas de triunfar el NO? ¿Habrá ganado la verdadera democracia? ¿Es de esta manera como funciona nuestra democracia? El pueblo sumiso se manifestó y mis interrogantes aún siguen ahí.
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