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PÁGINA QUINCE Abril Gordienko López |
La antidemocracia
Abogada
El término democracia significa “gobierno del pueblo”. ¿Qué quiere decir, en la práctica, que el pueblo gobierna? Según el reconocido politólogo Robert Dahl, la ciudadanía ejerce efectivamente su soberanía cuando existe un proceso preestablecido para la toma de decisiones obligatorias. Este proceso se da en dos etapas: la primera es la selección de los asuntos sobre los que el pueblo decidirá, mediante un programa de acción que puede incluir debates, acuerdos y votaciones. En esta fase, el pueblo define previamente qué cuestiones requieren decisiones obligatorias y, de estas, cuáles resolverá directamente.
En segundo lugar está la etapa decisoria, que será obligatoria para todos. Es en esta fase cuando el gobierno del pueblo toma forma. Para que sean vinculantes, las decisiones no pueden ser impuestas por quienes no están sometidos a ellas, es decir, las decisiones no pueden ser obligatorias solo para algunos. Asimismo, deben existir oportunidades de información para todos los ciudadanos sobre los alcances de lo que se va a decidir y la posibilidad de que todos expresen su decisión (voto) con libertad. Por último, los votos de todos los ciudadanos deben tener el mismo valor.
Obligatoria para todos. Lo anterior nos ofrece una base teórica para comentar el proceso del referéndum celebrado el 7 de octubre y las consecuencias de su resultado. El referéndum fue el programa de acción, fue la vía que el gobierno del pueblo escogió como mecanismo para decidir si aprobaba el TLC. Desde el principio, los ciudadanos tuvimos claro que la decisión resultante sería obligatoria para todos los costarricenses, votaran SÍ o NO, o se abstuvieran. En consecuencia, cuando un grupo no acepta someterse a una decisión con estas características, como la del referéndum, está violando directamente la soberanía del pueblo, es decir, la democracia. Sin ninguna legitimidad, actúan como si estuvieran por encima de las leyes, como si hubiera dos clases de ciudadanos: unos por encima y otros por debajo de las leyes.
Quienes desautorizan instituciones democráticas como el TSE, y rechazan los mecanismos propios de la toma de decisiones, no tienen ideología democrática; su ideología es autoritaria o, en el mejor de los casos, anárquica. Nos gusta decir que los ticos resolvemos las cosas con pacifismo y respeto, pero no actúan así los que pretenden imponernos su propia versión del referéndum, queman banderas y tiran piedras, pintan consignas intolerantes sobre paredes y monumentos públicos, y promueven la resistencia ciudadana, paso previo muchas veces para la insurgencia. Por el contrario, saber perder, reconocer la derrota, es una de las más importantes destrezas de la inteligencia emocional, necesaria para quienes ocupan posiciones destacadas en lo académico, deportivo, político o público en general y para quienes participan en cualquier actividad comunitaria.
Virtud desaprovechada. La mayoría de los seres humanos, desde su nacimiento, tienen la capacidad potencial de desarrollar cualidades deseables como la tolerancia, la independencia, la responsabilidad y el pensamiento crítico, en la medida en que lo permitan las circunstancias del medio que rodea su existencia. Entre estas circunstancias tiene un peso fundamental el régimen político en que viven. Al respecto, la democracia, dijo John Stuart Mill hace más de 150 años, promueve –como no lo puede hacer ningún otro sistema político– la autodeterminación, la independencia, la confianza en uno mismo y la preocupación por asumir la responsabilidad en decisiones públicas trascendentales. Pero quienes apelan a los aspectos más oscuros y negativos de la personalidad de sus conciudadanos están promoviendo un tipo de costarricense muy distinto del que nos gusta decir que somos, y desaprovechan la virtud que tiene la democracia de facilitar la convivencia respetuosa y civilizada. Es como despertar a un leviatán, que eventualmente se saldrá del control de sus creadores y se volverá en su contra si no se siente fielmente representado por ellos, porque aprender a oponerse a todo como condición de vida es más fácil que asumir las responsabilidades.
El oportunismo de ciertos personajes y grupos y la debilidad de las dos administraciones anteriores frente a sus alzamientos permitieron que se desarrollara frente a nuestras narices una paracultura política antidemocrática, que tiene confundidos a muchos jóvenes y a muchas personas humildes. El actual Gobierno y las otras figuras políticas y académicas que, si bien se han opuesto al TLC, han actuado con prudencia y respeto por nuestra democracia deben unir fuerzas para impedir que esta sea ultrajada hoy y en el futuro, y que el nombre de Costa Rica en el mundo sea desacreditado. La agenda de desarrollo del país, de la que el TLC es solo una parte, es grande y exigente, y necesita de ese trabajo conjunto, maduro y desinteresado de todas las fibras sociales.
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