Costa Rica, Jueves 25 de octubre de 2007

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Mauricio Víquez Lizano

La urgencia del diálogo

 Vivir el encuentro dialógico es una urgencia si queremos construir el bien de todos

Presbítero

En la democracia nadie llega a ningún lado sin una disposición más o menos clara al diálogo y al entendimiento. Es lo que parece quedar claro en este momento de nuestro camino histórico y a lo largo de la historia de los regímenes democráticos consolidados.

El diálogo es necesario para la convivencia sana en la democracia de siempre. Acercar partes es esencial y lo que cuenta es, por más disímiles que sean las posiciones, la verdad y la conveniencia de cuanto las partes proponen. Quedan de lado, y sin la menor importancia, las simpatías, ojerizas o afines…

Dialogar requiere cierta fluidez, “sin condicionamientos irracionales ni engañosas argucias”, como dijo hace un tiempo un joven político costarricense. Además, requiere un mínimo ambiente de paz, respeto al Estado de derecho y ausencia de amenazas. Finalmente, se trata de llegar a un gran objetivo: buscar el bienestar de la mayoría, en cuanto lo que se debe a ella lo sea estrictamente en justicia o no desde la imaginación.

¿Disentir desde el respeto? Claro, pero ello no obsta a la posibilidad del diálogo ni lo hace un “simple ritual”, como dice el diputado José Merino en su reciente nota al Presidente de la República.

El mensaje de la Conferencia de Obispos costarricenses, titulado “Momento privilegiado para Costa Rica”, invita al diálogo con un buena agenda y la mayor participación ciudadana posible.

Excelente propuesta la de los obispos diocesanos. Sin embargo, es una lástima que posiciones como la externada en la carta del diputado Merino al Presidente, el 16 de octubre, en la que llega hasta el desconocimiento de cuanto ocurrió en las urnas el día 7, oscurezcan el camino hacia diálogos siempre posibles, incluso de frente, a personas con las cosmovisiones más irreconciliables en apariencia.

Reflexión, análisis y debate. El diálogo y los acuerdos han sido esenciales en nuestra historia política y no debería considerarse demócrata quien haga ambas realidades a un lado.

Daniel Oduber, en 1969, ya decía cuán erróneo podía ser andar copiando “vocablos, frases o gritos enfurecidos” desde otras latitudes. Anotaba además, en sus apuntes de cara al congreso ideológico de su partido, lo inútil de pregonar violencia para acelerar cambios. La receta que Oduber ofrecía era otra: reflexión, análisis y debate.

La vía correcta es la propuesta por este brillante expresidente, no hay duda. No hay otro camino: cualquier otra opción es, en términos democráticos, improcedente. Sentarse en plan de hacer la reflexión que se impone es hoy una verdadera necesidad; el análisis profundo es impostergable y el debate abierto es un imperativo de cara a los tiempos de cambio que corren, no un simple ritual.

Vivir el encuentro dialógico es una urgencia si queremos construir una dinámica política nacional que haga posibles muchos imposibles. Evitar ese camino y empeñarse en no sentarse a conversar, en plan de auténticos desplantes cuasi dramáticos, solo logrará una cosa: frenar lo que importa, esto es, “el bien de todos”, en cuanto fin último de la actividad política, como recordara acertadamente al primado de Irlanda ante la ONU este 17 de octubre.

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