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PÁGINA QUINCE Rigoberto Stewart | riggo@inlap.org |
Los subsidios de don Ottón
Economista
El proceso que culminó con el referendo del 7 de octubre nos dejó varias enseñanzas. Una de ellas es que, entre los gurúes, existe profunda ignorancia en cuanto al papel del comercio en la creación de riqueza. Los del SÍ luchaban por vender; los del NO por no comprar. Ninguno estaba (ni está) interesado en el intercambio, el comercio. Y, para confirmarlo, ahora Ottón Solís exige subsidios para los agricultores, como condición para aprobar las leyes de implementación. Esta exigencia tiene tres tipos de problemas: conceptual, económico y moral. Veamos el conceptual.
El sistema económico. Todos los seres humanos consumimos bienes y servicios (b&s) para nuestra subsistencia y bienestar. Tenemos necesidades de consumo. A la vez, hemos sido dotados de recursos (inteligencia, habilidades, medios naturales), con los cuales las podemos solventar únicamente de dos maneras: en autosuficiencia –cada persona produce, aisladamente, todo lo que necesita– o en cooperación con otras.
El hombre solventó esas necesidades en autosuficiencia hasta que descubrió el maravilloso principio de especialización e intercambio, según el cual dos o más individuos pueden satisfacer mejor sus necesidades de consumo si, en vez de producir todo lo que consumen, cada uno dedica sus recursos a los b&s que produce mejor y luego los intercambia por aquellos que otros ofrecen en condiciones ventajosas. El resultado de la aplicación generalizada de este principio es el sistema de especialización e intercambio (SE&I), una intrincada red de interrelaciones e interdependencias. En él, cada individuo produce un bien (o muy pocos) y obtiene todos los demás mediante el proceso de intercambio (el comercio).
Dinámica del sistema. Vemos, entonces, que las personas participan en el sistema económico con el único fin de satisfacer mejor sus necesidades de consumo. Por esta razón, en cualquier subsistema se obtiene la máxima cantidad de riqueza y bienestar cuando cada individuo halla la mejor solución (la más barata) para cada necesidad de consumo, en cualquier parte del mundo. Cada vez que surge una mejor solución, la riqueza se incrementa en dos rondas.
Veámoslo con un ejemplo. Supongamos que, a raíz de la liberalización comercial, el arroz ingresa en el subsistema B al 20% del costo local. Esto implicaría una ganancia para todos los que consumen arroz. Además, al pagar menos por ese grano, todos esos consumidores tendrían más dinero para consumir otros bienes: frijoles, carne, verduras, libros, vestimenta, etc. En todas estas actividades se generarían mayor producción, empleo y ganancias. Así, el ingreso de arroz más barato daría los siguientes resultados. Beneficiados en el campo: (1) todos los que consumen arroz: peones agrícolas y no agrícolas, pulperos. (2) Campesinos que no producen arroz: estos ganarían a raíz del arroz más barato y de la mayor demanda por sus productos. (3) Campesinos arroceros: los que son consumidores netos del grano. Beneficiados urbanos: todos los que consumen arroz: taxistas, periodistas, meseros, clérigos, secretarias. Perdedores en el campo: los grandes productores de arroz, que tendrían que incrementar su productividad o usar sus recursos para solventar otras necesidades de consumo de los participantes.
Ayuda a los pobres. Esta clarísimo, entonces, que para favorecer a los pobres (campesinos, taxistas, secretarias) o dejar de perjudicarlos, lo más efectivo es permitir que se abaraten los bienes de consumo básico; es propiciar la apertura inmediata de esos mercados. Se puede complementar esta acción con ayudas directas –un cheque– dirigidas al consumo. Pero lo que promulga Solís, férreo opositor a la apertura comercial, es lo contrario: que se mantengan cerrados los mercados y, a su vez, se den subsidios a los productores. Las consecuencias económicas de este “programa” serán desastrosas, en especial para los más pobres. Seguiremos.
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