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Federico Ortolá | federicoortola@gmail.com |
¡No, el escéptico no existe!
Economista
G. K. Chesterton, reconocido pensador y periodista, durante mucho tiempo escéptico y agnóstico, afirmaba: “no me lamento de que sean escépticos, lo que me sorprende es por qué los escépticos no lo son más”.
El señor Rodríguez y el señor Mora firman un artículo que tiene por título “¡No, Dios no existe!” ( Foro , 13/10/07). En ese escrito afirman lo siguiente: “Es definitivo, Dios solo existe en la imaginación de muchos”. Es una afirmación que, en buen uso de la razón, estaría a la altura de tantas otras y que podría merecer la misma atención que la contraria.
Solamente existe un pero, y es precisamente que los firmantes no se definen por su profesión, sino por su filosofía o posición ideológica: escépticos. Es en este punto cuando el artículo se derrumba por sí y sin necesidad de ayuda exterior. Veámoslo.
El Diccionario de la Real Academia Española señala en la voz ‘escepticismo’: “doctrina de ciertos filósofos antiguos y modernos, que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla”. A tenor de la definición, parece que las frases mencionadas en el artículo son demasiado rotundas y proclaman una verdad demasiado definitiva como para ser pronunciadas por un escéptico.
Mago de la ironía. Chesterton, buen conocedor del escepticismo y mago como nadie de la ironía, señalaba: “Debería recordarse que estos escépticos, fruto maduro de la edad dorada del escepticismo, menospreciaban por igual las primeras invenciones de la ciencia y las vetustas leyendas de la religión. Cuando contaron a Voltaire que se había encontrado el fósil de un pez en los picos de los Alpes, se rió abiertamente del caso e ironizó sobre algún monje o ermitaño dado al ayuno que habría arrojado por allí las espinas del pescado... posiblemente para perpetrar otro fraude frailuno. Nadie ignora hoy que la ciencia se ha vengado del escepticismo. La frontera entre lo creíble y lo increíble otra vez se ha ido haciendo imprecisa y vaga, como pudo serlo en la penumbra de los tiempos bárbaros; pero lo creíble crece ahora y se hunde en lo increíble. En tiempos de Voltaire un hombre no sabía cuál sería el próximo milagro del que tendría que desentenderse. El de hoy ignora cuál será el próximo que tendrá que aceptar”.
Defiendo y defenderé la libertad de los escépticos para exponer sus opiniones, pero no proclamemos como “razonada y definitiva refutación” aquello que necesita mayor consistencia interna.
Redondeando la frase inicial de Chesterton, diría: Déjense sorprender los escépticos llevando su pensamiento hasta el final.
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