Costa Rica, Martes 23 de octubre de 2007

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Diego Castro

Coraje, rebeldía…

 Un elevado ejemplo de honradez personal e intelectual

Ingeniero civil

Un formidable librito del escritor y periodista Andre Frossard se titula Dios existe, yo me lo encontré . Aunque su contenido es autobiográfico, no es una autobiografía; sencillamente narra en buena letra el itinerario que lo llevó hasta el momento en que hizo su hallazgo o, parafraseando sus palabras, el instante en que “Lo encontró”.

Alguna pincelada para motivar su lectura. Era hijo del dirigente comunista de su pueblo. Ese detalle nada despreciable habla por sí solo acerca de la formación que recibió en su niñez y juventud. En consecuencia, aprendió a ser un rebelde, no solo de nombre…

Se puede ser rebelde de muchas maneras. Por ejemplo, con cierto sobresalto rememoro los rebeldes y saludables alaridos del nene de brazos, a quien su hermano –ya no tan inocente– le ha quitado la chupeta para “hacerle rabiar…”. Por contraste, es crítica mi actitud cuando recuerdo los intentos de insana rebeldía de muchos “intelectuales” que, de repente, se les ocurre sentenciar e imponer sin argumentos de valor: “las cosas son así…” porque así le parece al “intelectual” de turno.

Estupor y conmiseración. En el caso del niño, su rebelión es sana, pues en aras de mantener la paz y el sosiego, su madre reparte –en justicia– a diestro y siniestro: a este su chupeta y aquel su regaño. No sucede lo mismo con esos “intelectuales”: ahí no hay fecundidad; hay proliferación de estados de estupor y conmiseración que hacen evocar aquella máxima de Cicerón: “Cuando el corazón se entrega al placer que seduce, la razón se abandona al error que justifica”.

Para nuestro autor, su rebeldía fue fecunda. Como el crío, obtuvo resultados sumamente satisfactorios. Tuvo el coraje de no dejarse amedrentar por el entorno, al igual que el chico, porque no fue despreciable para él la carga ideológica que hubo de sacudirse de encima en su empeño de búsqueda de la verdad.

Vicio de la negación. Esto da relieve a su honradez personal e intelectual. Se puede decir que no se dejó embaucar por cierta trampa, ante la que sucumben no pocos “pensadores”: el viejo vicio consistente en que, cuando los límites de una cuestión son oscuros y difíciles de perfilar, se opta por negar la totalidad de la cuestión.

Pienso que, en su dilatado itinerario, tuvo presente –de alguna manera– aquella recomendación que un sabio judío hacía a un ateo inquieto: “No es posible poner a Dios sobre el tapete de esa mesa, pero piensa en esto: ‘quizás sea verdad’”.

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