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Agustín Ureña Álvarez |
Rigoberto, campeón olímpico
Los héroes de Shanghái pusieron la bandera en lo alto, en lo más alto
Profesor universitario
Se lanzó a la piscina, y nadó hasta encontrarse con la grandeza. Puso la bandera en lo alto, en lo más alto, de lo más alto. Su Himno, nuestro Himno, sonó en Shanghái, estremeciendo amorosamente la esencia misma de mi existencia, gracias a su entrega y pureza de espíritu, mezclada con la pacífica beatitud de su sonrisa. Como los héroes, como los grandes, no tiene idea verdadera de lo que hizo, por él, por mí, por usted, por este pedazo del planeta, que él ha bendecido con su pureza e inocencia. Las aguas de Shanghái quedaron bautizadas con su alma limpia y pura.
Ahí donde usted y yo nos lamentamos, Rigoberto Alfaro Ureña se sumerge en el agua, hasta llegar a niveles superiores, que solo están reservados para los héroes. Cuando nosotros sufrimos nuestras cuitas, Rigoberto bendice el agua con su inocencia y nada hasta encontrar a Dios. Mi primo Rigoberto me ha dado una nueva dimensión de lo que es el oro olímpico. Con él, el oro no es solo sinónimo de victoria, sino que también ahora es el metal del orgullo, de la inocencia, del coraje, de la vergüenza, de esa infinita paz que desborda cada vez que sonríe, sin comprender, insisto, el calibre de la dimensión planetaria de su proeza. Desprovistos de la vanidad y otros vicios propios del resto de mortales, los héroes como Rigoberto reposan su alma sobre su hazaña, sin comprender realmente lo que hicieron, con la serenidad de espíritu que otorga haber logrado lo inalcanzable. Son pocos los que saben qué se siente, en semejante estado de gracia.
Fin del cuento eterno. Eso le pasa a los héroes: nos salvan, y ni siquiera comprenden la trascendencia de sus actos magníficos. Con ellos vale la pena ser humano. Rigoberto viene cargado de metales: fue, nadó y venció. Se acabó el cuento de la mera participación, de las deshonrosas eliminaciones. Ahora tenemos deportistas de verdad, que no tienen tiempo de tener lástima de sí mismos porque están muy ocupados ganando. La lástima desapareció cuando fundían el metal del honor y forjaban sus medallas. Su oro, sus dos platas y su bronce son los colores de la dignidad.
Después de la odisea de Rigoberto y los héroes de Shanghái, los ticos deberemos hacer un profundo examen de conciencia nacional, porque tendremos que redefinir la palabra “imposible”. Después de Shanghái, esa palabra quedó devaluada: se acabaron las excusas para tantas derrotas. Hemos sido rebautizados con oro. Rigoberto me ha salvado de la indolencia, del tedio y me ha dado un nuevo significado sobre lo que esluchar , ahí donde los demás caemos. Ya tenemos héroes: ¡qué falta nos hacían!
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