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Rodolfo Cerdas |
Ojo Crítico
Politólogo
El referéndum mostró, tanto a la derecha como a la izquierda, el concepto empobrecido y mutilado de democracia que tienen algunos, a pesar de que, con la historia reciente del Istmo, es ya inadmisible reducir democracia a elecciones y al voto de una mayoría.
Las elecciones son condición necesaria pero no suficiente para que haya democracia. Salvo que adoptemos el “pa’eso tenemos mayoría”, como pareciera quieren hacerlo algunos liberacionistas de cuño reciente –ojalá no sea para hacer méritos ante el poder–, es erróneo creer que, por ganar una elección, la minoría pierde su derecho a disentir y defender sus opiniones.
La democracia, decide por mayoría, pero se prueba, además, por el respeto a las minorías y la incorporación al sistema de sus demandas y aspiraciones. Excluirlas, porque se es mayoría, es crear un sistema antidemocrático. Creer que la mayoría lo puede todo es justificar lo peor de la actual política venezolana, boliviana y ecuatoriana.
Fueron Aristóteles y Platón –no yo– quienes acuñaron el concepto de “tiranía de la mayoría”, para señalar uno de los peligros de la democracia. El concepto puede hallarse en cualquier diccionario elemental de teoría política, que siempre es bueno consultar para no poner en boca ajena simplezas propias. Una mayoría llevó a Hitler al poder y legitimó las leyes racistas, sin ver que sus votos se volverían ladrillos en los campos de concentración. Otras mayorías negaron sus derechos a los aborígenes en EE. UU. y Canadá, excluyeron a los negros en el sur de EE. UU. y a los católicos en Irlanda del Norte.
Lo peor de esta tiranía no es que sea mejor la de una minoría. Es que su legitimidad inicial hace más humillante e inicua la pérdida de derechos de los excluidos y transforma la elección en linchamiento. Por eso, si bien la democracia supone elecciones y la decisión de la mayoría, requiere también instituciones, contrapesos y cultura política democrática. La mayoría decide, sí, pero solo por serlo ni tiene la razón ni le quita a la minoría su derecho a mantener una opinión diferente. Churchill, en inmensa soledad política, peleó por sus rechazadas tesis hasta que Hitler demostró que tenía razón y no la mayoría que apoyaba a Chamberlain. Cuando otra mayoría condenó a Jesús y liberó a Barrabás, mostró por qué el éxito mayoritario no debe deslumbrar ni absolutizarse. Como dijo Darío: “Adelante va Barrabás, cargado de charreteras y medallas. Atrás Cristo, flaco y enclenque”.
Todo lo cual digo para que no se me critique por simplezas que no he dicho y que presumo son hijas de la ignorancia ajena.
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