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Polígono Fernando Durán Ayanegui |
Tiempo perdido
Académico
Viene a mi recuerdo, con mucha claridad, el viaje que cierto día de mediados de 1950 hice a San José en compañía de mi madre. Para un mocoso de aquella época, un desplazamiento desde Alajuela a la capital encerraba muchas posibilidades de ser memorable, sobre todo si, como era el caso, la visita a la “gran ciudad” tenía un propósito extraordinario: hacer un recorrido a lo largo de la Avenida Central con el fin de observar, a manera de tarea escolar, una exposición educativa que se exhibía en los ventanales de los establecimientos comerciales más importantes, desde la zona del Mercado Central hasta la Cuesta de Moras. La exposición, organizada por varias otras dependencias oficiales, versaba sobre el tema de “la conservación de los recursos naturales”. A mí me pareció portentosa y tengo la impresión de que para mi madre resultó fatigante y más bien aburrida, aunque, mientras yo me detenía en cada estación a tomar apuntes con apego a las instrucciones de mis maestros, ella tomaba su vía crucis didáctico con una paciencia que nunca dejaré de agradecerle.
Hoy, con la televisión por cable y los buscadores de la red al alcance de nuestros nietos, aquella experiencia podría antojársenos ingenua y provinciana, pero no hay duda de que produjo en mi mente infantil un efecto imborrable. Como resultado de la caminata informativa quedé afiliado de inmediato a la preocupación, quizás demasiado pasiva es cierto, por lo que ahora llamamos el deterioro ambiental. En verdad, no había que ser muy inteligente ni muy observador para comprender, por ejemplo, el mensaje de aquella exposición conservacionista sobre los efectos probables de la deforestación y, aun cuando por entonces no figuraba todavía en la agenda de los encuentros casuales el tema del calentamiento global, a partir de ese día mi imaginación fue acosada por la visión de un futuro de inundaciones catastróficas al que por fin pareciéramos haber arribado.
Las cosas no son tan simples como para pretender que de unos ejercicios didácticos más bien primitivos pudiera haber surgido una conciencia ecológica colectiva sabia y eficaz, pero tenemos que preguntarnos si no hay algo obscuramente deliberado en la ignorancia de unas advertencias muy claras, cuya atención habría impedido que estos últimos 57 años transcurrieran a pura pérdida en relación con la peor de las amenazas posibles. Con o sin cambio climático, desde hace mucho nos sabíamos obligados a tomar medidas que ahora podrían resultar meramente cosméticas, inútilmente desesperadas.
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