Costa Rica, Viernes 19 de octubre de 2007

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Guillermo Malavassi V.

Referéndum y consecuencias

 Las malas artes de la demagogia pueden ser vencidas

Filósofo

El referéndum del 7 de octubre ha sido el suceso más valioso de la actualidad en nuestra nación, porque ganó el SÍ. De lo contrario, hubiese sido el asunto más nefasto que hubiese podido ocurrir.

Costa Rica no está dividida en dos mitades. No solo porque ganó por muchos miles el SÍ, sino porque al menos medio millón de las personas que votaron por el NO en realidad no votaron contra el CAFTA, sino contra un “tratado” inexistente: por el que se iba a quitar el aguinaldo, por el que se iba a cerrar la CCSS, por el que se iba a entregar el ICE, por el que se iba a regalar la isla del Coco, por el que se iban a cerrar las escuelas y colegios públicos, por el que se iba a entregar la plataforma continental, por el que se iban a someter las cuestiones contenciosas del tratado a los tribunales de los Estados Unidos, por el que se iba a dejar sin agua a Costa Rica, por el que se lesionaba la Constitución Política... Como esos “tratados” no existen, es insensato pensar que todos los votantes del NO votaron en contra del verdadero TLC, que es, más bien, el fundamento de muchos bienes venideros para esta nación, aun para los que votaron en su contra.

Nunca en las urnas. El número de los verdaderos opositores políticos al TLC llegará a cien mil y son los que se oponen a todo lo que signifique mejorar el funcionamiento del Estado, y los que tienen un proyecto político que jamás va a ser del agrado del país por su radicalismo, y los que han hecho de la denigración de las instituciones y de nuestros gobernantes el fin de su vida. Pesimistas, ciegos y malintencionados. Lo mejor que pueden hacer es organizarse políticamente. Si lo hacen sin mentiras, se verá que no cuentan con la anuencia mayoritaria. Por ello es que buscan la pelea callejera. Pero Costa Rica prefiere contar los votos. En las urnas nunca ganarán.

El gobierno del presidente Arias ha recibido un respaldo importante. Es necesario que los ciudadanos reconozcan –y lo dice quien no votó por él ni en su primera ni en su segunda presidencia– que tienen un Presidente que vale mucho; que honra al país; que lucha y da la cara por los asuntos en que tiene convicciones; que ha tomado decisiones beneficiosas como las han podido experimentar, sobre todo, los más necesitados: pensionados del régimen no contributivo, estudiantes de colegios sin recursos, grupos familiares sin hogar...; es el Presidente que da todo su sueldo a los asilos de ancianos y a otros grupos necesitados. El Ministerio de Hacienda ha mejoraro los ingresos y aún puede hacer más en ese campo para satisfacción de los legítimos críticos respecto de la cuestión recaudatoria. Se persigue sin tregua el narcotráfico; se trabaja en infraestructura... Su gobierno no ha concluido y el balance vendrá a su término. Pero no solo hay que dejarlo gobernar, sino, como manda el apóstol Pablo, mensaje que debe ser atendido por un pueblo cristiano, hay que orar en primer lugar por los que tienen cargos de responsabilidad en la comunidad civil pues de sus decisiones, si se encaminan a realizar el bien, se derivan consecuencias positivas, asegurando así la paz y una vida tranquila y apacible para todos.

Hay que detener la injuria constante de los enemigos de las instituciones, lo que degrada la vida social y pretende hacer perder la fe de los costarricenses en el Estado de derecho. Es cierto que las instituciones tienen defectos, pero hay que luchar para que mejoren, sin actitudes iconoclastas.

A los más necesitados. Lo urgente es la reforma del Estado para que se actualice y sirva mejor los intereses de la sociedad. Para que los ingentes recursos que se destinan a seguridad social, educación, subsidios a los más necesitados... alcancen su objetivo sin perderse en la burocracia improductiva. Pero es esa burocracia, precisamente, la que se opone a la reforma del Estado.

El mejor plan social es una política de empleo, que se facilitará con el TLC. Pero, para que una política de empleo dé buenos frutos, debe mejorarse la educación pública desde la base hasta la cúspide. Eso depende mucho de la calidad de maestros y profesores –tarea que se fue de las manos del Ministerio y quedó en manos de las universidades–, pero que resulta crucial para ganar el futuro.

Con la aprobación del TLC se ha abierto el camino de la esperanza: las malas artes de la demagogia pueden ser vencidas y hay formas de allegar recursos y trabajo en beneficio del país. Ese rayo de esperanza hacía falta y ya llegó. Ahora hay que cooperar para que lo planeado fructifique en gracia del bien común.

El problema por resolver es el peso muerto de los que no dejan avanzar al país.

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