Costa Rica, Jueves 18 de octubre de 2007

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Róger Churnside

Supernova Teresa

 Una ennoblecedora enseñanza sobre humanidad, sinceridad y perseverancia

Economista

¡Qué impacto me causaron las revelaciones sobre la Madre Teresa! En un primer momento, sentí que se había desplomado una figura admirable. Sin embargo, pensando con más cuidado, me di cuenta de que era como si una estrella, cuya trayectoria venía observando con interés, dejara de titilar igual que otras, para estallar repentinamente y, de esta manera, esparcir su energía por el firmamento, en un formidable e incontenible brillo singular, como el fenómeno que astrónomos y cosmólogos llaman “supernova”.

Todo lo que leíamos, oíamos y veíamos de la Madre Teresa nos daba la impresión de que era una monjita de fe inconmovible, realizada en su trabajo de servicio a los pobres, feliz de ser la “pequeña novia de Jesús”, como ella misma se llamaba.

Y, con todos los reconocimientos que recibió, culminando con el premio Nobel de la Paz en 1979, estábamos seguros de que había fallecido con legítima satisfacción por todo lo que había hecho y logrado en su vida.

Hambre y sed. Sin embargo, nos llevamos la tremenda sorpresa de que, en numerosas cartas a sus confesores y superiores jerárquicos, se quejaba durante su vida entera de un silencio y vaciedad en su alma; decía que era incapaz de orar y pedía a otros que oraran por ella; sentía como un “bloque de hielo” en su interior; tenía un hambre y sed de Dios que nunca se sintió satisfecha; no percibía la presencia del Cristo ni en su corazón ni en la Eucaristía; inclusive, pensaba que Jesús la rechazaba. Dijo que su sonrisa era una máscara, una capa que usaba para encubrir sus sentimientos de desesperación y sequedad espiritual; calificó de falsedad y hipocresía la tierna relación personal con Dios de la que hablaba, ya que realmente dudaba de la existencia de Dios y el cielo... Y sigue una cadena de confesiones todavía más sorprendentes o desconcertantes.

Entonces, cabe preguntar si el modelo de vida cristiana de la Madre Teresa pierde sentido y se derrumba, debido a las dudas, decepciones y quejas o reproches que ella planteaba sobre su relación con Dios. ¿Se desintegra su figura como estrella que guía a los marineros en alta mar, aunque no la puedan alcanzar? ¿Ya no sirve para aquello que decía el filósofo y poeta Ralph W. Emerson (1803-1882): “Engancha tu carreta a una estrella”? No lo creo. Todo lo contrario: pienso que nos dejó una enseñanza sobre humanidad, sinceridad y perseverancia que ennoblece su personalidad aún más que en vida.

Admirable y ejemplar. Razonando con la mano puesta en el corazón, ¿cuál ser humano puede negar que haya tenido dudas sobre Dios? ¡Que levante la mano quien no ha vivido las experiencias descritas por la Madre Teresa! Ella luchó con esos problemas y no los pudo resolver, igual que cada uno de nosotros. Su diferencia es que, a pesar de esas dudas y frustraciones, hizo todo lo posible por imitar a ese maravilloso e incomparable ser humano de nombre Jesús, quien decía que era Hijo de Dios. Ella, también como ser humano, cumplió lo que percibía y entendía que era su voluntad y desafío.

Lo más grande, admirable y ejemplar de esa diminuta mujer es que, arrastrando sus debilidades, ignorancias y dolores humanos, logró posicionarse en un lugar que los demás solo podemos imaginar en el horizonte lejano del espacio y tiempo, donde nuestra especie parece reunirse con ángeles…

Destaco, para concluir, que ella pidió no dar a conocer sus cartas y pensamientos arriba descritos. Pero las autoridades de su orden –supongo que con el visto bueno de las de la Iglesia– no concedieron esa petición, y dieron a conocer sus dudas. ¿Qué opinan ustedes, estimados lectores? ¿La Madre Teresa tenía razón? ¿La tienen las autoridades de la Iglesia? O ¿será que, entre ambas, dieron al mundo una brillante lección de su fe?

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