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Julio Rodríguez | envela@nacion.co.cr. |
En Vela
El triunfo de 60 atletas costarricenses en las Olimpíadas Especiales en China nos ha conmovido a todos y ha removido entrañas, mentes y corazones. Las 67 medallas conquistadas son, sin embargo, solo la concreción y el testimonio, hecho oro, plata y bronce, de una historia personal, familiar y organizacional rayana en el heroísmo. Son ellos y ellas, en verdad, personas muy especiales, por su coraje, por su dignidad y por su belleza espiritual. Los hechos hablan.
Poseen en abundancia la virtud moral que a muchos costarricenses nos falta: el coraje. Esta es la palabra apropiada. El coraje está en la cabeza y, sobre todo, en el corazón. El coraje como fuerza moral, ardor, energía en una empresa o proyecto, disposición interior, firmeza delante del peligro, la dificultad, el sufrimiento y el miedo. Por supuesto, el miedo, tan humano. “No es más valiente –dice Nelson Mandela, Nobel de la Paz– el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo”. Ellos lo hicieron con creces.
Pensemos en estos atletas, compatriotas nuestros, en los cuatro duros años anteriores de entrenamiento para las Olimpiadas Especiales en China. Las medallas, que se ven, se tocan y se besan, son la cumbre luminosa, pero tras ellas se yergue la montaña invisible y oscura dominada, paso a paso, en un ascenso implacable, cargado de lágrimas, sudor, caídas, desánimos y resurgimiento. El coraje del entrenamiento diario, áspero, agotador, solo lo conocieron ellos, sus padres, sus familiares, sus entrenadores y organizadores. En este proceso –y proceso significa acción de ir hacia delante– se esculpió y forjó su grandeza. Las medallas no se regalan ni se improvisan. Eso solo se lo creen todos aquellos formados en la escuela, en la familia y en la deplorable política del facilismo a la tica.
Pensemos en las noches anteriores al viaje, en la ilusión de recorrer dos veces la mitad del mundo y en sus duermevelas y sueños fatigosos, en esas horas de la madrugada, antes del combate, donde, como dicen, hasta los generales tiemblan. Las anécdotas, que un día deben contarse, deberían ser lectura obligada de los niños y jóvenes de Costa Rica, tan necesitados de modelos inspiradores en sus vidas, y de los adultos, para pasar revista a su sentido del deber, inspirados en el coraje de los padres, los entrenadores y los organizadores de esta epopeya humana tan nuestra y tan ejemplar.
“Dame, Señor, coraje y alegría para escalar la cumbre de este día”, cantaba Borges, pensando, quizá, en estos 60 atletas especiales y en todos nosotros, menos especiales, frente a los dramáticos desafíos que nos esperan.
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