Costa Rica, Martes 16 de octubre de 2007

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EDITORIAL

Sin pretextos ni chivos expiatorios

 La precariedad de la infraestructura de escuelas y colegios pone al descubierto la incoherencia de las proclamas sociales

 Tras el referendo, todos debemos enfrentarnos con la realidad de numerosos problemas acumulados por muchos años

No se tome a burla o molestia lo que vamos a decir. Pasado el referendo, tenemos que enfrentar la realidad de nuestros problemas acumulados, que son graves y numerosos. Nos lo recordó con verbo claro y preciso Franklin Chang el 7 de octubre pasado.

¡Cuántas voces de patriotas y de ideólogos, de académicos y de estudiantes, de consejos universitarios y de dirigentes religiosos, sindicales y políticos se levantaron en estos años para denunciar el peligro de la privatización de la educación pública, de un aumento de la deserción escolar y de los textos escolares, de una ampliación de la brecha entre educación pública y privada, amén de un alud de desventuras sobre Costa Rica por culpa del TLC! Bien harían en preguntarse ahora, recobrada la calma, en qué país vivían ante los frecuentes reportajes sociales que, como el de ayer, describían los medios de comunicación privados la realidad desnuda del Estado solidario, un asunto inagotable de inspiración y de diagnósticos abandonados en los anaqueles de las instituciones.

Nos referimos, concretamente, a nuestro reportaje de ayer, del periodista Jairo Villegas, sobre la precariedad material de muchas escuelas del país.

Vale la pena leerlo y releerlo, y, sobre todo, preguntarnos qué podemos hacer para resolver este problema estructural. Al fin de cuentas, este es el verdadero sentido del patriotismo, más costoso y difícil que el otro, pero más real, coherente y humano. Citemos algunos párrafos de dicho reportaje: los 36 alumnos de la telesecundaria Los Jazmines (sic) B de Upala, Alajuela, reciben clases en un viejo salón comunal de madera repleto de huecos y filtraciones de agua. Un panorama similar se vive en muchos de los 9.200 centros educativos públicos del país. Las instituciones están tan malas que hay 60 con órdenes sanitarias de desalojo… que no se concretan por la falta de otro espacio para recibir lecciones”.

El reportaje nos informa de que hay “comedores y galerones convertidos en escuelas, el calor obliga a los niños a recibir clases bajo un árbol de mango, hay escuelas al borde de un precipicio, una maestra y directora describe la escuela como una ratonera…”. El Ministerio de Educación Pública “necesita 90.000 millones para reparar la totalidad de las escuelas y colegios, y los padres de familia realizan colectas y hasta bloqueos en las vías públicas para conseguir fondos”. No es nuestra intención infundir desánimo ni, mucho menos, exagerar las condiciones físicas de nuestras instituciones educativas, sino, más bien, tomar conciencia del problema y enfrentar, como expresamos, la realidad social del país, en vez de andar en busca de chivos expiatorios externos, como ha ocurrido por mucho tiempo.

¿Por qué se ha abandonado por décadas la infraestructura de escuelas y colegios? Bien sabemos que aún no hemos salido de las consecuencias de la crisis económica y social del 78 al 82 que repercutió tan seriamente en la educación secundaria. ¿Armoniza el elevado déficit de infraestructura con nuestra supuesta devoción a la labor educativa? Y si esta precariedad material afecta, principalmente, a las zonas más pobres, ¿en qué ha consistido la lucha contra la pobreza, habida cuenta del papel preponderante de la educación en esta batalla social? En fin, ¿por qué este problema social, junto con el de la calidad de la enseñanza, no ha sido preocupación primaria y continua de políticos, universidades y otros sectores del país?

El MEP ha ordenado un estudio esmerado sobre el estado de la infraestructura de escuelas y colegios, y así acometer esta gran tarea nacional. Bien está. Quede, sin embargo, este tema como obligada reflexión para quienes han abusado retóricamente del Estado solidario y suelen esgrimir el tema de los problemas sociales o del sector social para encubrir su falta de solidaridad real o justificar su oposición a las reformas requeridas por el país.

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