Costa Rica, Domingo 14 de octubre de 2007

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Fernando Araya

En el laberinto... escuchémonos

Politólogo

Escuchar es la capacidad de situarse en el lugar del interlocutor para sopesar sus méritos, constituye el núcleo de un diálogo que permite compartir opiniones y construir decisiones comunes. A este respecto, conviene afirmar que en el país no existen dos visiones irreconciliables sobre el desarrollo, sino varios énfasis diferenciados pero complementarios. Lo que corresponde es buscar la síntesis entre ellos, no el enfrentamiento. Afirmar lo contrario, insistir en la división e interpretar el resultado del referendo como una prueba de la polarización, revela la presencia de una mentalidad insensible para las coincidencias y los consensos, que busca convertir las discrepancias en condiciones inmutables.

I. Deseos. En el laberinto…escuchémonos. Que la patria se una en torno a la mesa común de una esperanza sustentada en hechos, experiencias y conocimientos, donde resplandezca la decisión de ser, no como siempre, sino siempre mejores. Que queden atrás los días del memorando, fósil viviente de un lenguaje primitivo y de una época fenecida. Que se abandone el hipócrita rasgar de las vestiduras y la costumbre de convertir algunas instancias universitarias en instrumentos de políticas fraguadas a contrapelo de la autonomía, la calidad educativa y el libre pensamiento. Que pasen al museo de la historia los tristes días cuando un pequeño grupo de religiosos sustituyeron el evangelio con la retórica de la confrontación, y un obispo emérito sembró la semilla de la violencia entre los costarricenses dividiéndolos en pecadores irredimibles y santos perpetuos, mientras su investidura y su religión eran manipuladas, sin escrúpulos, por los mercaderes del templo. Que nunca más se engañe a las personas aprovechando el contenido emocional de palabras como solidaridad, igualdad y justicia. Que la ética se traduzca en soluciones concretas y no en moralismos camuflados de religión. Que los lenguajes del odio social desaparezcan de los hogares y las aulas. Que en la educación se fortalezca la formación integral, analítica, plural y crítica, y se abandone el ideologismo y el clientelismo. Que lleguemos al final del irracionalismo y el oscurantismo. En el laberinto…escuchémonos.

II. Convergencia. ¿Cómo lograr lo anterior? Es imprescindible avanzar en un proceso de convergencia estratégica entre las distintas fuerzas, pero de manera especial, entre los bloques políticos mayoritarios, lo cual exige cruciales acuerdos nacionales, transpartidarios, que faciliten, en la diversidad de creencias y posiciones, la confluencia en una misma dirección histórica. La vía de la convergencia consolida un nuevo reformismo socioeconómico, evita la confrontación violenta a que conducen los extremismos y permite avanzar en la concreción de cinco objetivos nacionales: derrotar la pobreza, disminuir la desigualdad, intensificar la inserción en la globalización, fortalecer la cultura emprendedora y erradicar el clientelismo. En ausencia de convergencia los sueños mueren a la orilla de un precipicio.

III. El espiritu que siempre niega. El espíritu que siempre niega, confrontativo y pesimista, no sintoniza con la convergencia, sabe que sus oportunidades de ascenso desaparecen al ampliarse el ámbito de las coincidencias; en sus recónditos andamios favorece la conflictividad y la polarización sobre la base de una creencia maniquea: todo el bien esta de un lado y todo el mal del otro. Envuelto en semejante falsedad, que muchas veces disfraza con religiosidad, consume sus energías, genera sus emociones y cultiva un lenguaje que introduce la desconfianza y el odio entre los distintos estratos socioeconómicos de la población. Fiel a su condición el espíritu que siempre niega deambula como una pesadilla en la periferia de la historia nacional e insiste en resentimientos, precipitadas acusaciones y dudas sobre una institucionalidad en cuyos principios y valores no cree.

IV. Disfraces. Se comprende, desde esta perspectiva, el grave error en el que se incurre cuando se propician bloques sociales oportunistas y difusos que facilitan a los extremismos, de cualquier signo, ocultar sus propósitos y aparentar una fuerza que no corresponde a sus dimensiones reales. El proceso que condujo al referendo arroja muchas lecciones respecto a las alianzas entre sectores, pero de modo especial y elocuente, las reacciones de algunos segmentos radicalizados, tendientes a ensombrecer una jornada cívica ejemplar y el reiterado uso, por su parte, de lenguajes amenazantes, evidencia la urgencia de que los sectores moderados, democráticos, que son ampliamente mayoritarios, afinen mucho más sus relaciones políticas y sociales a fin de que en el futuro no se favorezcan coaliciones donde el espíritu que siempre niega, insurreccional, delirante e infantil, disimule sus destructivos objetivos.

Lejos de acompañamientos frugales e inconsistentes, terreno fértil para los trepadores de la política – provengan estos de partidos políticos, la academia u otros segmentos –, conviene que los movimientos democráticos y sus liderazgos se concentren en el desarrollo de su propia singularidad histórica, lo hagan con la mayor transparencia y se transformen en espacios de convergencia social pluriclasista. Las alianzas se establecen sobre la base de una claridad meridiana a propósito de las distintas intenciones políticas y programáticas, de lo contrario, sucumben en las redes de su propio oportunismo. ¿Será esto posible o, por el contrario, continuarán inventándose eclécticos frentes de lucha para cubrir el trabajo corrosivo de los extremismos e intentar sembrar en la mente de los costarricenses el lenguaje maniqueo que separa a las personas según sean ricas o pobres?

V. Refundar el centro político. Lo expuesto plantea con toda claridad lo que puede denominarse la refundación del centro político. En la historia costarricense ha sido fundamental la existencia del punto medio de la interacción sociopolítica, conformado por movimientos reformistas que coinciden en su vocación pluriclasista, democrática, liberal y solidaria. El punto medio, así definido, constituye un acertijo irresoluble para las fuerzas situadas en los extremos del abanico político –antiglobalismo neoestatista tendencialmente despótico y globalismo anarcocapitalista –, por eso estas corrientes añoran destruir el centro, declaran que no existe o se disfrazan de centristas. El centro político no se ubica ni a la derecha ni a la izquierda, su versatilidad le permite, según las circunstancias, desplazarse hacia uno u otro de estos ángulos, sin abandonar su situación intermedia, equidistante. A diferencia de los extremismos el centro utiliza un lenguaje de síntesis entre los mercados y la equidad, la globalización y los intereses locales, el bien común y el bien individual, la solidaridad y el crecimiento productivo, el trabajo y el capital. Mientras el centro político busca construir una sociedad que simultáneamente sea solidaria y competitiva, los extremos se deslizan hacia opciones que idolatran al Estado o al mercado, declarándolos mutuamente irreconciliables.

VI. Racionalidad. No es fácil avanzar en un proceso de convergencia, pero en la diversidad de los medios disponibles para intentarlo, es fundamental reivindicar la importancia de la racionalidad. Es cierto, por ejemplo, que hay una pluralidad de opciones técnicas para la resolución de un mismo problema o desafío, pero puede elegirse entre ellas la que mejor satisfaga las exigencias de un planteamiento racional. Es imprescindible, en esta dirección, que en un proceso de convergencia desaparezca el uso de falacias y se estudien las distintas propuestas según sea su atinencia, viabilidad práctica, posibilidad de ser evaluada, compatibilidad con conocimientos previos y capacidad explicativa de los hechos considerados. Nada debe decirse ni hacerse, sino aquello que esta basado en suficiente prueba experimental y de conocimiento. Las decisiones políticas y sociales no pueden basarse en la rigidez de los dogmas ideológicos, el uso manipulador de la religión, el poder del dinero, los lenguajes maniqueístas o las irracionalidades emocionalistas. En nosotros habitan la capacidad de conocer y el sentido común, utilicemos estos instrumentos y continuemos cambiando, innovemos siempre, evolucionemos.

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