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Édgar Espinoza | eespinoza@nacion.com |
AL Grano
Periodista
Como la maquinaria legislativa está hoy tan trabada e inservible y la gobernabilidad del Poder Ejecutivo se ha reducido a repartir “bonitos” de vivienda, sugiero al Tribunal Supremo de Elecciones declarar a nuestro pueblo en estado de “Referendo Perpetuo” de modo que, así como el domingo pasado fuimos diputados por un día (sin cobro de dietas extras), lo sigamos siendo todo el tiempo o, por lo menos, el suficiente para desatascar los proyectos de interés nacional más apremiantes.
Porque eso de delegar el poder en la clase política gobernante y “legislante” nos está saliendo un pésimo negocio. Vean no más los diputados: prácticamente hibernan los cuatro años en la Asamblea. Ahí leen periódicos, “marcan” por celular, navegan en laweb , se hacen las uñas, dormitan y cuando les llega el turno de discutir o votar , se oponen a todo lo que afecte sus intereses políticos mientras los del país se quedan, en el mejor de los casos, para las calendas griegas, con ellos bien trepados en la escoba para que nada ni nadie se mueva. Encima, tenemos que pagarles un montón de plata por rascarse la panza. Y ¡a cuenta de qué!
En cambio, el referendo (al igual que las elecciones presidenciales) es una fiesta patria hermosa, con mucho de social, para ir a la escuelita a votar, confundirse con la gente que va y viene, saludar y cotorrear, llenarse de fervor cívico entre tanto carro pitando y tanta bandera al vuelo; especular un poco, ya entradita la tarde, sobre el resultado y, por la noche, arrellanarse ante el televisor entre sándwiches y bebidas a esperar nuestro “Votando por un sueño” o decisión final.
Esto es tan bonito, y tan eficaz, que hasta podríamos ser también presidentes de la República por un diita para ver si como pueblo, y sin tanto cachondeo político, soltamos la pega que el Gobierno –ayer Poder Ejecutivo, hoy Decorativo– se tiene con la Policía sin equipar, los hospitales en la indigencia, los niños sin aula, la pobreza en funcia, las vías hechas trizas y muchos servicios públicos viviendo aún su pleistoceno, para citar apenas unas pocas perlas.
Pero es inevitable. Todos los políticos son iguales: los que están, los que se van, los que vuelven… Del mismo pelaje. Ahora y siempre. No entienden o no quieren entender, y, si entienden, les vale un chícharo, a Costa Rica. Viven solo para ellos; para la foto, para la farándula, para la imagen. Por eso es que con nosotros, vía referendo, otro gallo cantaría: el taco de obras sin hacer y de necesidades sin resolver saldría resbaladito sin contralorías, sin salacuartas, sin sindicatitos y sin majaderías. ¡Porque una equis nuestra (en la papeleta) bastará para salvarnos!
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