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PÁGINA QUINCE Mario Madrigal |
Todos mis hijos
La Compañía Nacional de Teatro presenta la obra de Arthur Miller Todos mis hijos
escritor
Después de un largo letargo de casi un año, la Compañía Nacional de Teatro despierta y presenta una obra que es un clásico universal, Todos mis hijos, de Arthur Miller.
No es la primera vez – ni será la última – que se presenta una obra de Miller en Costa Rica. Recuerdo sobre todo Las brujas de Salem, muy bien dirigida por Daniel Gallegos y con una actuación inolvidable en el papel protagonístico de Pepe Vázquez, que hizo a Beto Cañas decir que había que pasar una ley para que este magnífico actor no pudiera jamás abandonar el país. Miller es el más universal de todos los dramaturgos del continente americano. No existe una obra que se haya presentado en más países y en más idiomas que La muerte de un viajante . También se presentaron en nuestro país, y de eso me considero culpable, dos obras cortas suyas, No puedo recordar nada y Clara , las que había visto en Nueva York y traje el texto con el que entusiasmé a Marcelo Gaete y a Sara Astica, que la presentaron en el Teatro de la Comedia con no muy buenos resultados de taquilla. Re- cuerdo también el montaje de La muerte de un viajante de Juver Salcedo con el que este magnífico actor y director obtuvo el premio como mejor actor de ese año.
Se ha dicho que Miller es un moralista y, en realidad, no lo es en el sentido de condenar la conducta de sus semejantes, y más bien es compresivo de las debilidades y carencias de los seres humanos (como la caída final de Willy Loman en La muerte de un viajante ), pero, sin condenar, considera que la solidaridad es la más importante de las virtudes. La meta de esta solidaridad no es, necesariamente, la sociedad, sino más bien el ser humano. Todos somos hermanos y el daño que se haga, ya sea a un vecino o a un miembro de la familia o a un ciudadano de otro continente, se refleja en nosotros mismos. Debemos ser solidarios, sobre todo en el dolor. Además hay poesía en las palabras y en la acción de todas sus obras. “Lo más importante en el teatro –dijo en una ocasión– es la poesía. Todo lo demás es accesorio”.
“Todos mis hijos” se estrenó en 1947, su segunda obra en Broadway y su primer gran éxito. Dos años más tarde fue presentada de nuevo dirigida por Elia Kazan, su amigo entonces y a quien dedicó la obra, pero que varios años más tarde lo acusó a la Comisión de Actividades Antiamericanas, dirigida por el nefasto senador McCarthy, de que, cuando se negó a dar los nombres de varios colegas que estuvieron en una reunión con comunistas (como si fuera enfermedad contagiosa) lo condenó a una pena grande, condena que, lógicamente, fue anulada cuando la razón y la lógica vencieron el odio y el oscurantismo.
Miller se casó tres veces, la segunda vez con Marilyn Monroe. Fue siempre incorruptible y atacó todo lo malo de la vida y la política de los Estados Unidos (si estuviera vivo hoy atacaría la política nefasta de Bush sobre la guerra y la ocupación de Iraq). Sus obras, más que dramas, son tragedias, como las de los griegos que tanto admiraba, sobre todo las de Sófocles, y que influyeron en su trabajo. Como los antiguos griegos, creía en una mente y un cuerpo sanos y todos los días, en las mañanas, nadaba varios kilómetros en las heladas aguas de un lago cercano a su casa. Murió el 10 de febrero del 2005 a los 89 años.
Como no lo había hecho desde hace varios años por motivos de salud, esta vez asistí a los ensayos de la obra y ahí pude compartir algunas ideas con el director Fabián Salas. Sabía que era uruguayo, pero inmediatamente me corrigió “Fui. Ahora soy costarri- cense, con cédula, listo para votar e interesarme en todo lo de nuestra patria”.
Le pregunto por qué había escogido esta obra y me contesta que, sin desmerecer otras, le agrada mucho esta. “Está muy bien estructurada, la creación de los personajes es muy buena. Tiene un ritmo difícil de alcanzar en el teatro. Se identifica con todo lo humano. Nos pregunta cuán grande es nuestra familia en comparación con la humanidad. Nos invita a tener ambiciones más amplias, ver más allá del círculo familiar, no necesariamente todo el mundo, pero al menos nuestro país. Es una obra universal. Pasa en un pueblo de los Estados Unidos, pero uno siente que podría pasar en San José. Miller mismo lo dijo: “Me interesa la dimensión moral de lo que escribo”.
Al terminar el ensayo, salgo a la noche que me recibe y me cubre con sus alas obscuras en las cuales, cosa rara en esta época lluviosa, las estrellas dibujan extrañas figuras. ¿Recibirá el público el mensaje de este magnífico dramaturgo? Esto es algo que sabremos estas noches de invierno, cuando se rompa la oscuridad del Teatro de la Aduana y se ilumine, como una isla solitaria, el escenario.
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