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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
El resultado del referendo no nos inmoviliza en la costa, sino que nos abre una ruta en el mar siempre proceloso de la historia. Este es precisamente el desafío de la libertad. No han terminado, sin embargo, los miedos. No los miedos irracionales, que los demagogos explotan a su antojo, sino el temor, tan humano y necesario, de no actuar con responsabilidad.
Este sentido de responsabilidad se bifurca primero en el análisis de lo que ha pasado, en el referendo y antes de él, y, luego, en la capacidad de hacerle frente a todo lo que viene, de ver, interpretar, deliberar, decidir, ejecutar, lo cual supone enfrentarse con los hechos, ahondar en las necesidades de nuestro pueblo, distinguir entre lo accesorio y lo esencial, actuar con lucidez, coraje y humildad; abandonar las poses delirantes, cerrar todas las vías del odio y la violencia, enterrar la estrategia de la mentira, respetar la institucionalidad, recordar que la palabra nos constituye como personas y actuar con grandeza, un valor ético y político que, desde hace mucho tiempo, arrancamos del diccionario social.
Necesitamos dirigentes lúcidos y visionarios, pero, sobre todo, guías espirituales, que nos recuerden que, si los animales se comunican, solo las personas hablamos y nos hablamos, que la palabra justa y razonable es la alternativa de la violencia, que la democracia es “el verdadero régimen de la palabra” y que la mentira lo destruye todo. En este campo sin perímetro las universidades, las iglesias y los medios de comunicación deben sumergirse en la autocrítica.
Grecia inventó la democracia y, a la vez, ¡qué maravilla!, la retórica, entendida como el arte de convencer y, según dice Barthes, como la moralización de la palabra, que implica búsqueda y respeto de la verdad, para que no imperen la manipulación ni la violencia. La palabra, así entendida, ha sido la gran víctima del camino hacia el referendo. Y sigue siéndolo. Volvemos, por ello, los ojos al parlamento, que es la casa de la palabra; al Gobierno, para que una y convenza en torno a la palabra henchida de sentido y de verdad, y hacia los guías espirituales del país en sus aulas y en los templos.
Solamente la palabra así entendida nos puede salvar de los dos enemigos que emergieron, con potencia sin igual, en algunos sectores, en este proceso electoral: el odio y la mentira. No es, por tanto, ingenuo proponer un pacto de hermandad crítica, de síntesis creativa, de tal suerte que el SÍ sea aspiración y esfuerzo tenso hacia todo lo bueno, bello y verdadero, y que el NO sea el rechazo de todo lo contrario. Nuestros abuelos lo llamaron Pacto de Concordia.
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