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Jorge Umaña Rodríguez |
¡Sí, Dios existe!
Solo disimulamos muestra profunda ignorancia sobre los misterios del universo
Abogado
Hace ya algunos días –con el propósito de combatir un proyecto de ley que exonera de impuestos a todas las organizaciones religiosas–, un comentarista apoyó su posición en autores que, ante el fracaso literario por el pobre contenido de sus obras, decidieron enderezar sus baterías ideológicas contra todo lo que, de algún modo, tuviera que ver con Dios.
Este cambio de timón –como era de esperar– convirtió a estos y sus escritos, en verdaderos éxitos editoriales, según afirma el columnista.
La idea de esta decisión se las dio el desafortunado fallo de un Tribunal de Dover, Pennsylvania que, con el prurito de ser los campeones en democracia, privaron a cientos de estudiantes de conocer y estudiar la tesis contraria a la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, en virtud de la cual –según esta teoría– el hombre desciende del mono.
Por supuesto que esta posición, sin hacer mayor esfuerzo, cae por su propio peso pues, cuando se le preguntó a un defensor de ella de dónde descendía el mono, a manera de guasa, contestó que el mono desciende del árbol.
Resultados negativos. El fallo, en síntesis, tenía fundamento en que no debía darse enseñanza religiosa en las escuelas, por violar esto la separación Estado e Iglesia. El daño causado con el fallo comentado fue de tanta gravedad que hoy se notan los resultados negativos en la mayoría de la juventud estudiantil norteamericana.
Como dijimos antes, tanto Harris, Hitchens como Stenger (citados por el autor de la columna en contra de la existencia de Dios), habían pasado inadvertidos hasta convertirse en adalides del ateísmo moderno.
Algo similar a lo ocurrido se dio con Dan Brown con elCódigo Da Vinci que, siendo un fiasco su novela, solo por el hecho de ir en contra de la fe cristiana lo convirtió en un tristemente célebre escritor. Esta novela, cuyo autor hace aparecer como producto de hechos de la vida real es falsa pues, aunque parece lo contrario, no es científica, no es histórica y mucho menos teológica, lo que causa en el lector poco letrado una grave confusión en cuanto a principios.
Todo esto llevó a decir a González P. de Haros: “No es posible tantos errores en un solo texto”.
Pareciera que el autor del artículo es de corte no creyente; valga decir, algo así como ateo. Esperemos que no sea de los que dice: “Gracias a Dios soy ateo”.
Volviendo al artículo comentado, quien lo suscribe remata con la opinión del biólogo Richard Daw- kins de la Universidad de Oxford, autor de la obraEl engaño de Dios , quien en una de sus ideas afirma que no existen méritos para otorgar a las organizaciones religiosas un estado social o jurídico privilegiado.
Dice Samuel Vila, autor de los librosPruebas tangibles de la existencia de Dios ,A Dios por el átomo y otros: “Si se nos pregunta: ¿Cómo existe la materia en su forma visible y palpable?, ¿por qué razón se juntan los electrones alrededor de un centro atómico?, ¿por qué se atraen los mundos a millones de kilómetros de distancia, y por qué viajan por el espacio?, no lo sabemos.
Suprema realidad. Hablamos de leyes y formulamos reglas: la ley de la gravedad, la atracción universal, etc., pero esto no es sino un medio de disimular muestra profunda ignorancia sobre los misterios del universo. Si decimos, pues, que todo ello sucede porque Dios lo quiere así, podrá parecer pueril y anacrónica nuestra respuesta, pero la verdad es que carecemos de otra mejor.
La religión, al contrario de lo que afirmaba Marx, que era el opio de los pueblos, no es sino la expresión de la suprema realidad y, subjetivamente, anhelo sublime del alma hacia lo trascendente, lo eterno, y se halla, por tanto, muy por encima de todas las organizaciones humanas.
Por tanto, a pesar de las opiniones de los autores citados y opiniones de algunos de los ateos nacionales, vale la pena el reconocimiento de nuestro Gobierno y cualquier otro extranjero para que esas asociaciones religiosas no solo se declaren de utilidad pública, como establece laLey de Asociaciones , sino que el Estado otorgue, a todas las que cumplen con nuestro ordenamiento jurídico, un trato especial para su desarrollo y funcionamiento.
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