Costa Rica, Lunes 8 de octubre de 2007

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Sergio Murillo | dr_sergiomurillo@yahoo.com

TI5-AM y los caballeros del aire

 Los radioaficionados tejieron una red mundial humanitaria y fraterna

Odontólogo

Costa Rica fue país pionero en radiodifusión. En 1923, TI-4-NRH, la Voz de Costa Rica, fue la quinta estación radial en el mundo, después de la KDKA Nueva York, una en Pittsburgh, la PCS en Holanda y la BBC de Londres. Después de la TI-4-NRH, muchas otras emisoras surgieron en el país.

En esa época no existía Internet y comunicarse entre países o diferentes regiones resultaba curiosamente complicado y tedioso y, por eso, los radioaficionados desempeñaron un papel protagonístico en la difusión de un sinnúmero de eventos que permitieron precisamente entrelazar lazos de cooperación y amistad entre personas de diferentes lugares del mundo.

Recuerdo ver a mi abuelo, radioaficionado desde la TI-5-América Mundial, apostado junto a su enorme estación de radio, entre bulbos arcaicos y voces inintengibles de personas de países que, para mi imaginación infantil, resultaban incomprensiblemente lejanos: Bolivia, Perú, México, España e incluso las islas Mauricio.

Etéreos amigos. Podía sentir la emoción de mi viejo al establecer comunicación con algún otro radioaficionado. ¡Con quién sabe cuántos desconocidos enlazó su señal, y recibieron el trato afable y cortés de mi abuelo! Muchos terminaron siendo amigos a los que nunca logró conocer personalmente.

Lo recuerdo sentado en sushack , por horas, hablando por un monumental micrófono, mientras utilizaba códigos y nomenclaturas desconocidas para mí, pero que para sus colegas resultaban parte del argot común. Muchas veces, para espanto mío, abuelo me invitaba a hablar con alguien. Me hubiese fascinado hablar con autoridad bajo la sombra imponente de un TI-5-Santiago Mundial. Pero, al final, vencía mi lógico temor y con esa voz tembeleque propia de nuestra niñez, solo atinaba a saludar torpemente a mi interlocutor, mientras el beso que me daba mi abuelo para quitarme los nervios tranquilizaba notablemente la taquicardia del momento.

Si bien mi padre y mis tíos eran radioaficionados, ninguno ejercía ese magnetismo natural ni tenían esa facilidad de maestro al piano que tenía mi abuelo con su querido equipo, que tantas veces me cautivó.

La pasión que sentía mi viejito la desarrolló desde joven y duró toda su vida, hasta el día en que los bulbos se apagaron y la torre de la antena cedió ante el cruel óxido.

Vidas y noticias. Con orgullo he escuchado historias de cuando mi abuelo ayudó a otras personas: un niño en Brasil mordido por una serpiente para el que consiguió el suero antiofídico en el Instituto Clodomiro Picado que le salvaría la vida; o de su ayuda para trasladar correspondencia entre El Salvador y Honduras cuando ambas naciones estaban en conflicto y sin correo, gracias a la coordinación con otro radioaficionado salvadoreño. Incluso, recuerdo la historia de cómo los radioaficionados dieron la voz de alarma del trágico accidente que sufrió el autobús costarricense en Choluteca.

Así como rememoro los relatos de TI-5AM, hay muchos otros de personas que, armadas con sus equipos, micrófonos, códigos y ética propia, han ayudado a miles de seres humanos: son héroes anónimos entre nosotros, que estuvieron y están atentos a cualquier llamado “CQ” de emergencia.

Con los avances tecnológicos, probablemente los viejos equipos como los de mi abuelo están condenados a la desaparición, pero esperemos que la esencia humanitaria de esos señores al radio perdure para siempre.

Por ahora, en nombre de mi desaparecido abuelo, la TI5-AM queda enstand by .

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