Costa Rica, Domingo 7 de octubre de 2007

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Ennio Rodríguez

¿Es culpa del neoliberalismo?

 Una fórmula fatal: respuestas simplistas a problemas complejos

Economista

Ante un problema complejo una respuesta simple, aunque falsa, pero repetida muchas veces, sirve para canalizar el descontento y encontrar a los supuestos culpables. La historia está llena de ejemplos, algunos sangrientos.

Costa Rica ha involucionado hacia una distribución más inequitativa de la riqueza, los niveles relativos de pobreza se han mantenido en niveles similares por espacio de diez años, la movilidad social de parte de la clase media se estancó y se dejó de invertir en infraestructura pública. Esto es resultado de una serie de compleja factores, pero, en una tergiversación de la realidad, se ha encontrado un solo culpable: “el neoliberalismo”. Esta simplificación permite además calificar a una persona como “neoliberal” y, de esa manera, endilgarle la culpabilidad de lo ocurrido. “Justicia” política de las calles. Así, se dice que “el TLC consolida el modelo neoliberal”, premisa que permite concluir que promoverá la concentración del ingreso y la pobreza y, por lo tanto es éticamente condenable. Esto es ni más ni menos que la sustitución del análisis por ideología pura, argumentos divorciados de la realidad, los cuales permiten desacreditarad portas tanto un TLC como una persona, sin necesidad de pruebas.

Contrario a lo que se proclama, el neoliberalismo no se ha puesto en práctica en Costa Rica, ni como filosofía política ni como propuesta programática (Consenso de Washington I). Por lo tanto, no puede ser culpable de lo acontecido en las últimas dos décadas. Tampoco el TLC tiene el alcance para consolidar el supuesto modelo neoliberal.

¿Qué es neoliberalismo? Por neoliberalismo se entiende la teoría política que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado. Costa Rica sigue siendo un país estatista, en el cual el Estado produce desde licores hasta seguros y pretende regular casi todo. Si no se ha reducido al mínimo la intervención del Estado, entonces no se ha implementado el neoliberalismo, y, por lo tanto, resultados sociales indeseables de hoy no pueden ser obra del neoliberalismo.

Con la crisis del modelo proteccionista e intervencionista de sustitución de importaciones, proveniente de fuentes de pensamiento más cercanas a la ortodoxia económica, se planteó una tesis contraria a la que hasta finales de los años setenta había dominado el mundo de la teoría del desarrollo económico. Esta postulaba que el subdesarrollo era producto de las fallas del mercado y, por lo tanto, el Estado (agente benevolente que seguiría los dictados de los técnicos) debía intervenir para corregir estas fallas, particularmente en el comercio internacional. La nueva crítica aportó el concepto de fallas del Estado, las cuales podrían ser peores que las del mercado y replanteó la economía política de un Estado no benevolente, sino capturado por los grupos de presión. Esta crítica cayó en el terreno fértil de un mercado mundial que se globalizaba y las fallas evidentes del proteccionismo y la sustitución de importaciones en América Latina.

La crisis de la deuda de principios de los ochenta precipitó la revisión de los modelos económicos. En este marco apareció el “neoliberalismo programático” que se asoció a lo que John Williamson denominó el Consenso de Washington, a partir del pensamiento reinante en esa ciudad en los entes y organismos vinculados con el desarrollo económico, el cual en su primera versión (la han seguido dos más, cada vez con más variables, incluidas las sociales) incluye diez temas: disciplina fiscal; reordenamiento de las prioridades del gasto público; reforma impositiva; liberalización de las tasas de interés; una tasa de cambio competitiva; liberalización del comercio internacional; liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas; privatización; desregulación; y derechos de propiedad. De semejante lista es evidente que poco se ha implementado en este país y tampoco lo lograría el TLC.

Por lo tanto, las fallas y éxitos parciales de la Costa Rica contemporánea no se pueden achacar a un neoliberalismo cuya agenda de reforma no se ha implementado y mucho menos, su radical filosofía política.

Las condiciones internacionales han cambiado profundamente producto del cambio tecnológico y la creciente integración de mercados de capitales y comerciales, en cuyo marco rechazar el TLC no tiene sentido. Pero, en el mundo posterior al referéndum debe darse una discusión seria sobre el modelo todavía incompleto de integración social (para lo cual, por cierto, el neoliberalismo tiene poco que aportar y, por lo tanto, no comparto) y de inserción mundial. Pero, por favor, sin chivos expiatorios.

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