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Jaime Daremblum |
Pasión por Pavarotti
Su gran voz llenó el mundo y sedujo a multitudes
abogado
El Gaiety, un histórico teatro de Dublín, es la sede de la Compañía de Ópera de esta bella e interesante ciudad. A lo largo de los años, su temporada musical ha atraído a jóvenes cantantes de todo el mundo que intentan ampliar los horizontes de su carrera internacional en el difícil y competido campo de la ópera. EnLucia de Lamermoor , de Donizetti, que tuvimos oportunidad de presenciar la noche del 8 de setiembre último, destacó la prometedora soprano surafricana Angela Gilbert, de quien mucho oiremos en el futuro. Con todo, prevaleció en el teatro un aire de tristeza debido al fallecimiento, apenas dos días antes, de Luciano Pavarotti, quien tuvo una relación muy especial con Dublín.
Casualidad. Precisamente, en el Gaiety, en la temporada de 1963, fue el debut internacional de un joven tenor italiano, hasta entonces desconocido, Luciano Pavarotti, quien interpretó con notable éxito al Duque en Rigoletto, de Verdi. Dio la casualidad que entre el público se encontraba un representante del Covent Garden, el teatro de la Ópera Real de Londres. Impresionado por la calidad del novel tenor, lo contrató como posible reemplazo del célebre Giuseppe di Stefano en el papel de Rodolfo, en cinco representaciones de La Bohéme, de Puccini. Debido a una indisposición de di Stefano, quien solamente pudo actuar en la primera función, Pavarotti terminó sustituyéndolo en forma magistral en las cuatro restantes. Su triunfo fue subrayado por una representación adicional de Bohéme en el Palladium que fue difundida por la televisión británica.
Aquella casualidad, además de depararle fama inmediata al joven tenor, abrió las puertas de otros importantes escenarios de Europa. Dos años más tarde, en 1965, se inició en La Scala de Milán a lo que siguió una gira con la diva australiana Joan Sutherland que culminó en una aplaudida producción deLa Fille du Régiment , de Donizetti, también en Covent Garden. En 1968 realizó su primeraFille en el Metropolitan de Nueva York. Los méritos cosechados en esas tempranas fechas, que coincidieron con el ocaso de los grandes tenores Mario Del Monaco y Franco Corelli, se multiplicaron en los años siguientes. Sin embargo, Pavarotti siempre manifestó sus especiales vínculos con el Gaiety y Dublín, evidentes en las numerosas visitas que hizo con el paso del tiempo.
El ascenso artístico de Pavarotti fue alentado por una expansión global de las comunicaciones que proyectó su magnífica voz, a través de conciertos y producción discográfica, a un público crecientemente mundial.
No obstante, es innegable que el inédito fenómeno artístico se originó primordialmente en la voz de Pavarotti. El timbre, que evocaba el brillo y tono metálico del legendario danés Lauritz Melchior, se combinó con una técnica impecable y una asombrosa facilidad para alcanzar con perfección registros agudos usualmente difíciles para la mayoría de los tenores. Todo ello elevó a Pavarotti a una categoría muy selecta en el universo de la ópera. En cierta forma, su preeminencia recordaba la que, hasta poco antes, había ejercido María Callas. Al igual que ocurrió con esta incomparable soprano, un floreciente culto surgió en torno a Luciano, caracterizado por la pasión intensa de sus admiradores. A la postre, la gran diferencia con la Callas, e incluso los célebres tenores Caruso y Gigli, consistió en que Pavarotti devino en un genuino ídolo popular que trascendió, como ningún otro, los espacios tradicionales de la ópera en todo el planeta.
El precio del éxito. Los rigores que las estrellas de la ópera deben sufrir para mantener su vigencia artística pueden resultar devastadores, como fue el caso trágico de Mario Lanza. Y, hace pocas semanas, Rolando Villazón, el joven –35 años de edad– y estupendo tenor mexicano, debió suspender por varios meses su calendario para recuperar fuerzas y evitar el deterioro prematuro de su voz.
Sin embargo, a pesar de un cúmulo titánico de compromisos diarios, Pavarotti logró cantar sin problemas durante más de dos décadas. Tuvimos la suerte de escucharlo en el Metropolitan allá en los años 80, primero enLa Fille y más adelante enAndrea Chénier , de Giordano. Su desempeño en ambas fue excepcional. Actuaciones recientes de afamados tenores, en el mismo teatro, no han alcanzado la asombrosa sonoridad con la que Pavarotti solía colmar la sala.
Las fallas, por desgracia, surgieron eventualmente. De manera creciente se sucedieron al avanzar en la tercera década de su carrera. En 1991 fue abucheado en La Scala por problemas enDon Carlo , de Verdi. Por aquel entonces asistimos a una decepcionanteFiglia, la cual había sido objeto de una intensa campaña publicitaria que resaltó los impecables tonos agudos de antaño. Posteriormente lo vimos enTosca , de Puccini, en la que tampoco llegó a entusiasmar al público.
Versatilidad. A partir de ahí las cancelaciones proliferaron y se tradujeron en prolongadas ausencias de los principales teatros, acentuadas por razones de su enfermedad. Una cancelación de último momento para cantar Tosca en el Metropolitan, el 8 de mayo del 2002, amén del escándalo que produjo, obligó a traer de emergencia de Italia a un nuevo tenor, Salvatore Licitra.
Pavarotti, sin embargo, demostró ser un artista muy versátil. Si bien sus actuaciones en las casas de ópera se redujeron considerablemente, otra faceta de su carrera tomó entonces fuerza: los megaconciertos. Las presentaciones en espacios abiertos y ante públicos multitudinarios le generaron renovada fama y una inmensa fortuna personal. Según la prensa, sólo en el 2003 realizó 40 conciertos que le produjeron $35 millones. Asimismo, de 1990 al 2003, participó en 34 conciertos de los Tres Tenores alrededor del mundo que fueron sumamente lucrativos.
Despedida. En marzo del 2004, en señal de reconciliación tras el escándalo por la cancelación súbita de Tosca, el Metropolitan organizó una presentación de dicha ópera con Pavarotti, última que haría, y un almuerzo de despedida en el hotel Waldorf Astoria. La relación de muchos años con el Metropolitan me valió una invitación al almuerzo. Cuando me correspondió saludar al tenor, siempre cálido y amable, y surgió en la conversación Costa Rica, noté en su rostro –plenamente maquillado– un breve gesto de malestar. Pensé que quizás lo motivó la controversia tras su reciente concierto en nuestro país. Dichosamente fue sólo un instante y no pasó a más. Al fin de cuentas, en el recuento de su magno legado artístico, fue un pequeñísimo detalle. Paz a sus restos y gloria al recuerdo de este excepcional artista.
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