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Polígono Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
En cabeza ajena
académico
Cuenta Adolfo Bioy Casares que en una ocasión le confesó Jorge Luis Borges “Me agarraron para un homenaje en la Academia a Leopoldo Díaz. Como a nadie le importaba un pito Leopoldo Díaz, abundaron los epítetosilustre e insigne . Bernárdez pronunció un discurso calificando a Díaz de ilustre poeta. Después, en apartes, cada uno reconocía que Díaz era un animal. Eso es muy argentino”. Bioy afirma haber opinado que aquello era comprensible, pues Bernárdez “no quería quedar como un idiota” ante los demás, a lo que Borges replicó que “un alemán no habría hecho eso”. Acto seguido, ambos escritores sometieron a Díaz a una vivisección literaria y, me parece, podrían haber convencido a los lectores de que, si bien Bernárdez se había excedido al calificar de animal al poeta, este no merecía homenaje alguno.
Puede que la anécdota no sea demasiado interesante ni entretenida, pero tuve que interrumpir su lectura un par de veces para recordar las ocasiones en que, en los ámbitos literario y, sobre todo, político de Costa Rica, me ha tocado ver y oír en acción a un (o a una) “Bernárdez”. Ciertamente, Borges no podía tener en mente a los costarricenses, pero, si los hubiera tenido, habría afirmado más bien: “un alemán no habría hecho eso, pero un tico seguramente que sí”.
Sin duda, el tal Bernárdez hizo mal, menos por la malevolencia del fondo que por lo burdo de la forma de actuar; en cambio, conozco a un político costarricense de esos que nunca ganaron una elección fuera del anonimato de una lista del partido, que bien podría darle lecciones de sutileza al denigrador argentino. Llamado, el compatriota, a presentar ante el público un libro cuya autoría se le atribuía a un millonario que a todas luces nunca habría sido capaz de escribirlo, aceptó el difícil cometido y, para, como decía Bioy, “no quedar como un idiota”, hizo un larguísimo discurso en el que se refirió a las dotes empresariales y cívicas del autor, a su cacareada aunque discutible honradez, a su alta alcurnia y a otras virtudes que nada tenían que ver con el contenido de la obra que, por lo demás, fue mencionada apenas de soslayo en aquella aburrida perorata. Luego, en los “apartes”, el comentarista no se burló del homenajeado ni lo trató de animal, pero los demás asistentes no podían ocultar su asombro ante la hipocresía del orador que, con una copa de vino en una mano y un plato de bocadillos en la otra, sonreía socarronamente mientras algunos, obligados a quedar bien con el ricachón, corrían a comprar el libro para pedir el autógrafo. Como diría Borges, aquello era todo muy tico.
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