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Alejandro Jenkins V. |
Dios y el dinero
Torquemada fue hombre honrado y austero, pero también un monstruo
Doctor en Física
Quienes hayan leído La montaña mágica , de Thomas Mann, novela aparecida en 1924, recordarán los acalorados debates intelectuales entre el liberal agnóstico Settembrini (el autodenominado homo humanus , u “hombre humano”) y el absolutista católico Nafta (el homo Dei , u “hombre de Dios”). Settembrini defiende el libre comercio, que percibe como una parte fundamental de la libertad del individuo y un instrumento del progreso, mientras que Nafta predica el regreso a los valores religiosos y feudales de la Edad Media, según los cuales “el acto comercial de comprar y vender algo con ganancia sin haber alterado o mejorado el producto es detestable” y quienes viven de las fluctuaciones del mercado son los “explotadores de su prójimo.”
Al retratar a Nafta, Mann se inspiró en el intelectual marxista húngaro Georg Lukacs, a quien conoció personalmente. Aunque fanáticamente católico, Nafta declara en la novela que los valores anticomerciales del cristianismo antiguo concuerdan con los del socialismo moderno, y ve en las revoluciones de la izquierda el instrumento para recobrar, en última instancia, las certezas religiosas que Occidente perdió con la revolución científica e industrial. En la novela de Mann, Nafta emerge como una figura admirable y aterradora, que combina un intelecto penetrante y una impresionante capacidad dialéctica con convicciones que son profundamente honestas, pero también inhumanas.
Torquemada. Cuenta la tradición que, cuando los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, preparaban la expulsión de los judíos de España, un grupo de acaudalados comerciantes de esa religión ofrecieron a la Corona 300.000 maravedíes de oro para que se les dejara en paz. Mientras Fernando, susceptible a la codicia, consideraba la oferta, el inquisidor Torquemada se presentó ante él y le entregó un crucifijo diciendo “Judas vendió a Nuestro Señor por 30 dineros de plata. Su Majestad está a punto de venderlo por 300.000 maravedíes”.
Torquemada fue un hombre enteramente honrado y austero, pero también un monstruo. Aún convertido en confesor de la Reina, insistió en seguir siendo hasta su muerte un simple fraile dominico. Como ‘gran inquisidor’, dedicó toda su energía a la que consideraba era su misión patriótica y divina: proteger a la España católica de las maquinaciones de los judíos capitalistas y de los musulmanes invasores. El resultado fue un despotismo oscurantista que asoló a esa nación por siglos.
Libre comercio. Las búsqueda de riqueza no suele ser heroica y es comprensible que quienes aspiran a construir un mundo mejor desconfíen de los que ostentan o buscan poder económico. Pero, cuando ese idealismo predica una pureza que es posible solo en el aislamiento y mediante la restricción de la libertad, degenera en un fanatismo más peligroso que la mera codicia.
Hace algún tiempo vi el documental Costa Rica S. A. , en el cual el narrador declara al final que hay dos tipos de personas “que se ven beneficiadas realmente con el libre comercio: los que trabajan para comprar el mundo y los que lo venden para dejar de trabajar”. Sé, porque he estudiado algo de Economía, que esto es falso: el libre comercio beneficia a quienes trabajan para comprar pan y educar a sus hijos, o a quienes venden para comprar libros o poder pasar un fin de semana en la playa.
Pero lo que más me inquieta es la imagen de Nafta y Torquemada que esa sentencia me suscita.
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