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EDITORIAL |
Avance (tentativo) en Norcorea
El encuentro de los gobernantes del Norte y del Sur abre cautas esperanzas
Se debe mantener la unidad internacional frente al déspota Kim Jong-il
Cualquier promesa del despótico régimen norcoreano de Kim Jong-il, cualquier compromiso que haga o cualquier convenio que suscriba, siempre tienen carácter tentativo. Existe un historial tan largo de dictadura, desdén por la comunidad internacional, oportunismo y violaciones de sus acuerdos, que nunca se pueden lanzar campanas al vuelo cuando anuncia alguna flexibilidad, apertura y disposición a cambiar su actitud guerrerista y aislacionista. Aun así, hoy existen suficientes motivos para un cauto optimismo por dos hechos que trascienden los simples gestos del dictador y parecieran sugerir un cambio positivo.
El que ha tenido mayor significado emotivo, amplitud y, por ende, atención de la prensa ha sido la visita a Corea del Norte del presidente de Corea del Sur, Roh Moo-hyun, la segunda realizada por un mandatario surcoreano desde la guerra entre ambas porciones de la península coreana, entre 1950 y 1953. El nivel de tensión durante más de 50 años ha sido tal que aún no se ha firmado oficialmente la paz; apenas, un armisticio.
El jueves, al término de tres días de visita oficial, Roh y Kim firmaron un acuerdo con componentes económicos, culturales, políticos y militares, lo cual revela la amplitud que quisieron dar a su encuentro. Ambos se comprometieron a trabajar por concluir, formalmente, el estado de guerra, lo cual requerirá también el acuerdo de China y Estados Unidos, partes en aquel conflicto; por transformar sus relaciones en “lazos de respeto mutuo”, y por mejorar su cooperación económica (léase inversiones y donaciones del Sur al empobrecido Norte).
El otro hecho de importancia, en relación con la península, fue revelado, también el jueves, por el Gobierno chino, que coordina las negociaciones multilaterales en torno al programa nuclear de Corea del Norte, en las cuales, además de este país y los chinos, participan Estados Unidos, Rusia, Japón y Corea del Sur. Según el anuncio de Pekín, el régimen norcoreano acordó desmantelar, antes de que termine el año, su principal reactor nuclear y planta de reprocesamiento de uranio, en la localidad de Yongbyon, cerrado en julio. También se comprometió a dar amplia cuenta de sus actividades nucleares a partir de octubre. Si realmente cumple con estas promesas, Corea del Norte se hará acreedora de alrededor de $100 millones en ayuda, y el Gobierno estadounidense ha dicho que la retiraría de su lista de países promotores del terrorismo.
Hacía mucho tiempo que no surgían señales tan alentadoras en relación con uno de los regímenes más oprobiosos, agresivos y personalistas que existen en el mundo, aún apegado a lo más siniestro de las ortodoxias represivas del marxismo y responsable de la muerte, por hambruna, de millones de sus conciudadanos. Por los detalles de las promesas, por la presión internacional y por la propia debilidad norcoreana, se justifican las esperanzas.
Pero también debe imponerse una gran cautela y, sobre todo, un esfuerzo conjunto de la comunidad internacional, especialmente de los cinco países que han negociado con Norcorea los temas nucleares, con el propósito de mantener la presión y la verificación de todas sus promesas. No olvidemos, por ejemplo, que en el año 2000 otro presidente surcoreano, Kim Dae-jung, visitó a su vecino, en medio de mayores emociones y esperanzas que ahora, pero estas se desvanecieron muy pronto. Y no olvidemos, tampoco, que no es la primera vez que Kim Jong-il asume compromisos bilaterales o multilaterales, que luego viola a su conveniencia. La guía, por esto, debe ser una mezcla de incentivos y castigos frente a su régimen, pero, sobre todo, un gran cuidado para evitar que, por la vía de las manipulaciones y promesas, intente romper la unidad que se ha mantenido frente a su amenaza nuclear.
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