Costa Rica, Sábado 6 de octubre de 2007

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Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Desde el fondo de mi conciencia

 De ganar el NO, ¿en manos de quién quedaría Costa Rica?

Pianista

Costarricenses, amigos en la convergencia tanto como en la discrepancia: voy a darle hoy un merecido descanso a la razón. Salgamos del debate en torno a la futura estructura tecno-económica de nuestro país, esfera difícil y que en mucho desborda un artículo de estas dimensiones. Permítanme por una vez hablar desde el corazón: ¡tiene tan poco tiempo de palabra, el pobre! Dejémoslo expresarse, que él es capaz de sorprendentes intuiciones, y, a decir verdad, yerra mucho menos frecuentemente que la razón. Aquí voy.

Tenemos un buen presidente. ¿Significa esto que todo cuanto dice tiene que ser apuntado en el gran libro de la sabiduría universal? Por supuesto que no. ¿Sugeriré entonces que todos sus actos deben ser aplaudidos hasta quedarnos sin eritrocitos en las palmas de las manos? Tampoco. Comprendo que algunas de sus decisiones políticas puedan ser juzgadas cuestionables. No percibo, en cambio, ninguna que sea éticamente reprensible.

Pensemos en la Costa Rica de hace seis años: comatosa, descerebrada, cínica; comparémosla con la de hoy: exaltada, ideológicamente efervescente, vigorosa como un potro cerrero. ¿Cuál de las dos prefieren?

Acendradas convicciones. Sí, tenemos un buen presidente, y creo que esto lo saben muchos de sus adversarios. Hay algo en lo que debemos ser humildes: aceptar que las consecuencias positivas o negativas de la aprobación o no aprobación del TLC solo podrán, en última instancia, ser calibradas en el futuro. De lo que sí estoy absolutamente seguro es de que en el Presidente no hay una molécula de mala voluntad. Es un hombre –el país lo sabe perfectamente– de convicciones acendradas. Está bien que así sea: casi todas las cosas importantes en la historia del mundo han sido hijas de la obsesión. Lo repito: que esté o no en lo cierto es cosa que solo la posteridad podrá evaluar, con alegría o con pena, no lo sé. Lo que sí sé hacer es reconocer a un hombre ideológicamente coherente, y él lo es. Repito: por mis manos de pianista no veo en él una sombra de mala fe, nada en que la visión que de Costa Rica ha propuesto no prevalezca por sobre cualquier interés personal.

Este referéndum no es un plebiscito. Sería el peor de los errores concebirlo como tal. Votaremos por ideas, desde la razón y también desde el corazón; ambos tienen sus verdades. Procuremos simplemente no votar desde el hígado, o desde cualquier otra de esas vísceras en las que suele anidar la rabia, el prejuicio, la vindicación.

Óscar Arias es un hombre de méritos no igualados en nuestras latitudes y dotado de una voluntad inaudita para lograr lo que se propone. En un país donde las nociones de persistencia y disciplina son tan precarias, ya solo esta virtud suscita mi admiración. La otra cosa que en alguna gente suscita es, por desgracia, eso que constituye la segunda bandera de los ticos: la envidia. Pero de eso hablaremos más adelante.

Bien orientados. El vertiginoso ir y venir de las ideas en torno al TLC nos ha cegado a otras cosas: el magnífico trabajo de Fernando Zumbado en vivienda, de Leonardo Garnier en educación, de Nené Carballo en cultura. La labor social del gobierno, la aceleración de los índices de crecimiento en casi todos lo parámetros económicos del país. Solo animados por la inquina podríamos negar estos logros. ¿Miseria, analfabetismo, criminalidad? Eso no lo arregla ningún gobierno en cuatro años. Eso solo puede remediarlo un programa educativo concentrado en el ser humano integral, y empresas de este tipo toman décadas. Creo que vamos en la buena dirección.

Un punto de la mayor importancia: de ganar el NO, ¿en manos de quién quedaría Costa Rica? ¿En qué arena movediza tendríamos que chapotear? ¿Qué sería de la institucionalidad democrática de nuestro país? ¿Hemos de resignarnos a la parálisis social y a la ingobernabilidad? Vamos a quedar en manos de extremistas trasnochados como borrachines amnésicos, huérfanos de un sistema pretérito cuyas banderas, sepultas desde hace 20 años, van ahora a darse una segunda oportunidad de enarbolar. Radicalistas que, después de vagar como tontitos durante dos décadas de intemperie política, ven en todo esto la oportunidad de sacar del clóset los viejos eslóganes y los estandartes desteñidos. Y todo ¿para qué? Para poder decirse, con el tono del resentidito que cree por fin venido su día de gloria: “¡Ven: no estábamos tan perdidos, después de todo!”.

Sería absurdo afirmar que todo aquel que se opone al TLC es extremista, lo que sí no es absurdo afirmar es que todo extremista, por principio tribal, se opone al TLC. Y muchos de ellos hablan desde la amarga perspectiva de la derrota histórica, y ven en este proceso una manera de remozar viejas causas que el mundo hace mucho juzgó disfuncionales. Algo más: en caso de que el NO prevaleciera: ¿se imaginan ustedes la gresca intestina para emerger como el ideólogo alfa, como el macho hegemónico de su movimiento? ¡Combate de “titanes”! ¿Qué sería, entre tanto, del país?

Triunfo de todos. Me han preguntado recientemente lo que pienso del affaire Casas. Con e-mails bravucones ¡y, para variar, llenos de faltas de ortografía! ¿Que qué pienso? Que fue una inmundicia. Un acto pestilente, indefendible. Pero actuemos con honestidad, no como futbolistas que celebran el aparatoso autogol del rival, ignorando, con miope oportunismo, que en este juego todos debemos salir ganando, se vote en la dirección que se vote. Casas no es Óscar Arias. Ningún presidente está exento de las posibles aberraciones políticas de sus compañeros de gabinete. Lo mejor que un gobernante puede hacer es honrarlos con un acto de fe y esperar que su elección haya sido la correcta. Y, aunque el capitán es responsable aun del error del más insignificante grumete a bordo, con una tripulación de cien no faltará nunca el que yerre, a veces de manera inicua. Por mis manos de pianista, tengo la certeza de que tan siniestras propuestas no tuvieron nunca resonancia alguna en el presidente Arias.

En lo personal, yo no tengo nada que ganar con todo esto –otra infamia que me ha sido escupida a la cara (cada ladrón juzga según su condición)–. Digo lo que digo porque creo en ello. Tienen ustedes mi palabra de honor: si yo hubiese hasta ahora advertido una sombra siquiera de mala intención en el Presidente, por amor a mí país y por respeto a mí mismo, la habría señalado con toda la vehemencia de que soy capaz.

Amigos: tres son las cosas que nos faltan: imaginación política, binoculares para avizorar las lejanas comarcas del porvenir y audacia ejecutiva. Por el otro lado el miedo, que solo sirve para impedirnos crecer, para aferrarnos a esas buenas cosas que tenemos porque no nos damos cuenta de cuánto mejores podrían ser, ese miedo que nos condena al pigmeísmo cultural y a la cultura de lo menesteroso, lo frágil y lo chiquitito.

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