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Página Quince Fernando Leal |
La gran lección del referéndum
Anclarse en lo negativo es de necios; asegurar lo positivo es sabio
Filósofo
A las puertas del referéndum sobre la suerte del Tratado de Libre Comercio, los grupos extremos no renuncian a sus acostumbradas apelaciones, incluidos el miedo, la presión inescrupulosa y los embustes. En estos círculos extremos reina la disputa sorda y se encuentra ausente el debate de ideas respaldado por pruebas específicas. Entre ellos, los millones empleados en propaganda no han producido sino minucias de mal gusto, cuyo resultado positivo consiste en un rechazo proporcional a su vaciedad. Allí se desconocen los recursos retóricos que son aceptables en lo precisos límites del respeto mutuo y que habrían dotado de algún grado de inteligencia a la discusión.
Todo esto era de esperarse en un asunto cruzado de intereses políticos y económicos radicalmente opuestos, en los críticos momentos en que la descomposición de los partidos tradicionales se encuentra en un proceso acelerado de ruina final, no obstante el auxilio transitorio logrado por la precaria elección del actual presidente de la República. Sin embargo, los viejos y nuevos integrantes de las antiguas cúpulas políticas, en vez de aprovechar el escaso tiempo para salvar algo de dignidad, llevados por la inercia de las costumbres, prosiguen apegados a su vanidoso mundo, lejos de los graves problemas nacionales a los que nunca han prestado la atención debida. Esta situación hace más ridícula la alianza de los partidos pequeños con tales actores políticos, que así no hacen sino sellar un magro y merecido destino.
Partidos y cambio. Aunque deseásemos lo contrario, posiblemente los días que faltan nos han de deparar más sensacionalismo, mezquindades y pérdida de dinero y tiempo públicos. Por tanto, los que cuentan con la perspectiva de triunfo han de proceder con mucha prudencia y, a la vez, con valentía y firmeza, tanto más cuanto mayor sea el grado de pasión peligrosa que muestren los fanáticos de cualquier bando. Necesitan reconocer que se está jugando no solo buena parte de la suerte de los partidos políticos nuevos y viejos, sino también la oportunidad de un cambio favorable a la restauración del bienestar nacional.
En efecto, imperativamente requieren tener bien claro que lo que realmente importa es el bienestar de la nación, tan vilmente descuidado durante décadas, hasta el punto de hacer irreconocible la democracia solidaria costarricense, que tanta admiración causaba en el extranjero. Aquellas virtudes sociales conquistadas por la acción de los más preclaros próceres y el pueblo que los respaldó constituían la garantía de su mejor inserción en los procesos globales del mundo actual. Anclarse en una tradición negativa es de necios, pero asegurar las tradiciones positivas y los beneficios del pasado es consecuente con la sabiduría.
Práctica y cultivo. Esta época, como ninguna anterior, demanda un ambiente social y una educación de muy buena calidad, por la profundidad, dificultad y precisión alcanzados por la ciencia y la tecnología. En estos campos el progreso no se consigue sino por medio de mucha disciplina, trabajo, gasto y sacrificio. Al respecto, debería recordarse asiduamente que tanto los conocimientos científicos y tecnológicos, cuanto las humanidades, si llegan a carecer de práctica y cultivo constantes, retroceden drásticamente a muy corto plazo, incluso en una generación.
Por tanto, valga el referéndum para recordar que su resultado nada representará si no recobramos nuestra cultura solidaria y elevamos los valores sociales de nuestra democracia al rango y consideración de sus mejores días. Ello implica dirigir la atención, los recursos y las energías a la solución de los cruentos problemas nacionales. Esta no es empresa fácil, pero la visión, constancia y empuje necesarios para realizarla están en nuestras manos, como sucede en toda decisión crucial, de lo cual este referéndum habrá sido un buen ejemplo y una fuerte prueba tanto para los vencidos cuanto para los vencedores: una gran lección.
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