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PÁGINA QUINCE Jorge Arturo Chaves |
A partir del día después
Economista
Estas líneas se escriben una semana antes del referendo. Todos los costarricenses deberíamos estar en estos momentos pensando en lo que habrá que hacer tras el próximo 7 de octubre y en lo que se debería de haber hecho para preparar constructivamente esa etapa, sean cuales sean los resultados de la consulta popular. Si no lo hemos hecho todos es porque, una vez más, lo urgente se habrá interpuesto ante las exigencias de lo importante.
Para preparar esa fase siguiente de nuestra acción nacional –como gobierno, como ciudadanos, como iglesia, como sociedad civil–, un elemento clave es el esfuerzo por interpretar lo que ha pasado en nuestro país durante estos cuatro años y medio, desde que se abrieron las negociaciones en torno al CAFTA o TLC de Centroamérica con EE. UU.
Los párrafos que siguen tratan de aportar a esa interpretación, considerando, en particular, dos aspectos del proceso. Primero, la creciente toma de conciencia y participación en torno al tema por parte de una gran mayoría ciudadana. Segundo, el alineamiento consolidado de posiciones en torno al SÍ o al NO –llámese polarización, crispación o confrontación– que, en el momento de escribir este artículo, las encuestas moderadas expresan como “empate técnico” entre las intenciones de voto.
Margen de duda. Un fenómeno de estas características no parece explicable ni por una súbita comprensión, por parte de la mayoría ciudadana, de todos los intríngulis de tan complejo tratado internacional, ni por la eficacia de millonarias campañas en los medios. Si bien los debates, charlas, coloquios y documentos escritos han acercado y desmenuzado alguna “letra menuda” del documento para el conocimiento del ciudadano de a pie, no puede decirse que todas las discusiones públicas se hayan resuelto con victorias contundentes de una de las dos partes, sin que quede algún margen de duda sobre alguno de los aspectos argumentados. En cuanto a la publicidad, el análisis posterior podrá concluir cuál y en qué aspectos fue acertada, y en cuáles, más bien, contraproducente. Un ejemplo de esto último podría pensarse ligado a la campaña que ha saturado los medios de comunicación. Más que influir, este exceso podría haber causado gran disgusto en sectores importantes de la población.
Si estas razones no explican de manera convincente la gran movilización ciudadana y la polarización actual en torno al TLC, ¿qué otra puede entonces descifrarlas? Vale la pena explorar la siguiente hipótesis: muchos sectores del pueblo costarricense podrían estar canalizando en la discusión sobre el TLC su búsqueda de una política y de una economía diferentes, y de formas diferentes de hacer política y economía. El Tratado y la manera en que se negoció, al ser presentado como un factor de tanta importancia para el futuro del país y, simultáneamente, al representar –para unos y para otros– la consolidación del estilo de crecimiento aplicado desde mediados de los ochentas y no evaluado aún, se convierten fácilmente para los insatisfechos en símbolo de la pobreza estancada, de la creciente iniquidad, de la concentración en pocos sectores de la gran riqueza producida por el comercio internacional e, incluso, de la falta de participación representativa en el diseño de las políticas económicas que marcan un norte para el país. Ante el angustioso descontento de estos sectores, otros efectivamente beneficiados con la dinámica seguida estarían o bien identificando su éxito con el de toda Costa Rica, o bien sosteniendo la conocida teoría del “derrame”, pensando en que de su ganancia inmediata dependerá la futura de los actuales perdedores. A partir de esta diferencia en la manera de percibir los beneficios de la dinámica económica era inevitable el enfrentamiento.
Unidos y en paz. De ser cierta esta hipótesis, para contar con una Costa Rica unida y en paz, después de los resultados del próximo referéndum, sean cuales fueren, no será suficiente con apelar al respeto por las reglas del juego electoral, ni siquiera con invocar nuestra condición básica de compatriotas. Será preciso, además, que ganadores y perdedores de la consulta –todos los costarricenses, en definitiva– nos aboquemos de inmediato a responder a la demanda muy real de una nueva economía y de una nueva política, y a buscar cómo revertir con urgencia los mecanismos generadores de pobreza, iniquidad y falta de participación que han venido operando en nuestra práctica política y económica durante las últimas décadas. A buscar cómo diseñar democráticamente una estrategia de desarrollo humano integral, incluyente, sostenible. A esto han estado llamando los obispos, coherentes con su función ética social. A esto deberán contribuir los dirigentes del movimiento patriótico por el NO y quienes han dirigido la campaña del SÍ, en especial el Presidente de la República, por la función que le corresponde de ser arquitecto de la unidad de intereses de todos los costarricenses.
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