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Klaus Steinmetz |
Cómo decidimos los tontos
Votaré SÍ porque el NO ofrece sólo una ficción, un futuro que quedó en el pasado
Galerista
Los más inteligentes entre nosotros han descubierto una verdad más sólida que un hueso: el debate sobre el TLC esconde la confrontación entre dos modelos de desarrollo. Explican que esa disputa se zanjó hace dos décadas y que resulta extemporáneo volver sobre una cuestión que los neoliberales impusieron con tenacidad de hormiga, agregando que semejante revisionismo implicaría caer en un delirio sin esperanza.
No sin cierto desconsuelo he descubierto que los más inteligentes entre nosotros no lo son demasiado (dejándonos a los demás en una precaria situación). Intuyo sus carencias: un economista con sensibilidad social no alcanza a ser un humanista y se agota en las variables racionales. A nivel popular, las trincheras del referendo no las conforman modelos de desarrollo divergentes, sino versiones opuestas del miedo. El futuro del TLC lo decidirá la democracia directa, invento tan imperfecto como insustituible. Decidiremos los directamente perjudicados o beneficiados: nosotros, que en el fondo no tenemos la más remota idea de qué es el TLC.
Estado de indefensión. Tenemos nociones vagas y tergiversadas de ese mamotreto ilegible que suscita visiones apocalípticas, en las que las masas pauperizadas se enfrentan a los dueños de una opulencia inaudita: las dos Costa Ricas. No puedo dejar de recordar a mi padre contando que a los 11 años le dieron un cuchillo y lo mandaron a defender Hamburgo de los tanques rusos. En semejante estado de indefensión, ante tal desigualdad entre mi responsabilidad histórica y mis capacidades, yo también quisiera tirar el uniforme y salir corriendo.
En general, los más brutos votaremos con la sensación de elegir el matadero en que nos destazarán con más cariño. Votará el resentimiento social de los que solo saben sentirse marginados y prefieren achacar a un tratado su derrota personal. Votará el terror al desempleo, amenaza favorita de ambos bandos. La publicidad idónea sería la de una enfermera con una gran jeringa que nos dice: “Tranquilo, no te va a doler”, mientras tratamos de recordar quién y dónde nos pegó este virus incurable del TLC SÍ o NO. Si se aprueba, ¿solo podremos comer repollo gringo transgénico y nos llevarán a servir daiquiris de mango en los hoteles de Guanacaste? Si no se aprueba, ¿cerrarán la fábrica y mi familia morirá de hambre y paludismo, obligada a alimentarse con raíces y discursos de Albino Vargas? Una elección por referendo no la deciden las razones, sino las emociones.
Interés y temor. Sí, es el corazón el que dirá SÍ o NO, movido por el interés personal y el temor. Ulrich Beck definió la sociedad postindustrial como una sociedad de riesgo, en la que ese temor es fruto de la pérdida de certeza ontológica. Es el miedo a constatar que, sin que nos pidieran opinión o permiso, la familia, el país, la vida, se nos transforma en otra cosa. Porque una vez alcanzado un estado cómodo y amable, uno le teme al cambio. ¿No podrían limitarse a asfaltar calles y encerrar ladrones? Lo que el Presidente no ha comprendido es que su visión de futuro enfrenta un intuitivo recelo ante el progreso; peor aún, que ese recelo está plenamente justificado por la Historia.
No hace falta saber que la idea de progreso es la piedra angular de todas las teorías políticas de la modernidad, ni saber que esas teorías cubrieron a Europa de cadáveres en la primera mitad del siglo XX (Anthony Giddens, exdirector de la London School of Economics, advertía que hoy la Historia está desprovista de teleología, por lo que ninguna versión de progreso puede ser defendida convincentemente). Basta con estar satisfechos con el presente para que cualquier futuro alternativo parezca arriesgado.
El terrible SÍ. Subconscientemente, se relaciona el SÍ con el cambio. En esa medida, con la pérdida. Acaso porque, una vez resueltas las necesidades elementales, la pregunta sobre lo que constituye el bienestar adquiere una vigencia inmensa. El discurso del SÍ insiste en que no podemos quedarnos atrás. ¿Atrás de qué, exactamente? El mundo evoluciona y Costa Rica se rezaga... ¿Y hacia dónde va ese mundo, exactamente? Nuestro paradigma de progreso, los Estados Unidos, es una sociedad puritana cohesionada en torno a la omnipresencia del miedo y la xenofobia, con índices alarmantes en solidaridad social y protección ambiental. Es la prueba contundente de que no hay una relación causal entre opulencia y felicidad. ¿Qué pasaría si, al ser más ricos, nos damos cuenta de que no somos más felices? ¿O que posponer lo trascendente nos arrojó a un vacío existencial como el que lleva a 30.000 japoneses a suicidarse cada año? ¿Por qué los ticos ricos de hoy deben vivir en ghettos , comprar solo en malls , divertirse en country clubs , blindar sus autos y mandar a sus hijos a escuelas de alta seguridad? ¿Qué significa que la violencia haya alcanzado niveles de emergencia nacional, justo cuando los índices económicos son mejores? ¿A quién pedirle el divorcio si el desarrollo resulta muy malo en la cama?
Desconfiar del progreso pareciera llevar a la clásica apología del buen salvaje. Pero solo hago ver que, cuando el economista redacta sus planes de desarrollo, no pareciera conocer otra variable que la definición occidental y cuantitativa del bienestar. Y el temor continúa.
El terrible NO. El NO se relaciona equivocadamente con lo permanente, lo auténtico y lo propio. Comprender cómo muchos son arrastrados al pantano del NO requiere investigar cuándo progreso en el mundo globalizado y bienestar se disociaron en el imaginario colectivo. Cómo prevalece en el subconsciente una versión romántica de la identidad nacional que cree poder regresar a un estado idílico, de espaldas a la globalidad, en que todos tendrán su casita y una milpa y “güenos güeyes”. Pero no somos la isla de Bora Bora. Si gana el NO, solo se atrasará lo inevitable en un mundo cada vez más compacto, mientras en otros países, y ante la paulatina disolución de sus nacionalidades originales, los románticos y los desesperados se lanzan a la clandestinidad y al terrorismo. Cada vez más, las identidades nacionales se vuelven un asunto de folclor. Cada vez más, el consumo se vuelve sentido y convierte en delincuentes a quienes don Óscar quiere salvar con un buen empleo, como si ese consumismo no fuera un vicio insaciable. Como si esos delincuentes asaltaran por necesidad y no por gula o impaciencia. Adictos a la posesión a los que el NO solo frustrará más.
Personalmente votaré SÍ porque el NO ofrece sólo una ficción, un futuro que quedó irremediablemente en el pasado. Porque la dignidad que defiende carece de realismo ante las relaciones internacionales de poder y nos condena a ser parásitos del comercio global, lo que se me hace aún más indigno. Porque a estas alturas es SÍ o NO: no tenemos el tamaño como mercado para pedir renegociaciones. Votaré SÍ porque ni siquiera mi recelo ante la noción occidental de bienestar supera mi recelo ante la capacidad del subdesarrollo por elección para ofrecerme una mejor alternativa. Sigo creyendo en lo que el mismo Giddens llamó “una tercera vía” y esta parece más cerca del SÍ, mejor dicho, solo parece posible después del SÍ. Una tercera vía en que la moral, la educación y la voluntad política superen el yugo espiritual del capitalismo rampante. Habrá que creer en un gobierno solidario que encauce una parte sustancial de la nueva riqueza en beneficio de la mayoría y de la naturaleza. Un acto de fe es mejor que el suicidio colectivo del aislacionismo. Un acto de fe en que ya no volveremos a elegir gobiernos corruptos y clasistas como en el pasado. Un acto de fe que requiere un gran valor o una gran inocencia, pero que es mínimo comparado con lo que nos piden los del NO: que tratemos de atravesar desnudos la selva comercial del nuevo mundo.
Gobierno o sindicatos. Además, votaré SÍ porque el referendo se transformó en mucho más que una consulta sobre un tratado comercial y tendrá una consecuencia más relevante: se decide quién tiene más músculo político, el Gobierno o la mafia sindical. Les guste o no a los moderados del NO, su lucha ha sido secuestrada. La mayoría entre ellos no cree vivir en una dictadura y respeta al TSE y a la Sala IV. Saben que lo contrario equivaldría a un retorno a la Edad de Piedra. Por desgracia, no será esa mayoría la que constituya el núcleo de los grupos de presión ante un Óscar Arias muy debilitado, en caso de ganar el NO. Ese sería el botín de los sediciosos de oficio, de los incendiarios. La victoria final de esa izquierda nostálgica que lucha desesperadamente por recuperar su lirismo. Por suerte, yo no deberé enfrentar ese juicio de la Historia. Porque, si todo lo anterior no fuera suficiente, votaré SÍ porque le creo a este Presidente. Sí, por primera vez en mucho tiempo, le creo a un Presidente.
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