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Buenos Días Víctor Hugo Murillo S. | vhmurillo@nacion.com |
Más allá del cielo
El mundo cambió hace 50 años. El 4 de octubre de 1957 pasó a la historia como uno de sos hitos que han marcado un antes y un después para la humanidad, con sus consecuencias positivas y negativas.
Era el Año Geofísico Internacional y el mundo estaba sumido de lleno en la Guerra Fría. Así, el lanzamiento del primer satélite artificial se convirtió en otra manifestación de la batalla político-ideológica que, tras la posguerra de 1945, libraban Estados Unidos y Unión Soviética.
El lauro se lo llevó Moscú con el disparo de Sputnik I , una esfera poco más grande que una pelota de baloncesto, de 183 libras.
La superpotencia comunista asestó un fuerte golpe de efecto a su rival, y –de paso– agregó combustible a la carrera armamentista.
Unos y otros sabían que remontarse más allá de la atmósfera terrestre no era solo una cuestión de orgullo y nacionalismo; tampoco se quedaba en objetivos loables como la sed de explorar el cosmos e impulsar el conocimiento científico.
Ir al espacio exterior representaba la posibilidad de abrir otra frontera para el desarrollo de armas.
La carrera espacial se gestó en las mismas ruinas, aún humeantes, de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis habían conmocionado a los británicos con un arma novedosa y letal: los misiles teleguiados V-1 y V-2 .
Vista la eficiencia de estos y las posibilidades futuras, no es de extrañar que militares y políticos de Washington y Moscú pusieran sus ojos en los científicos alemanes, quienes se convirtieron en botín de guerra.
Las iniciativas aeroespaciales que siguieron a la experiencia germana contaron con los aportes de ese personal, que jugó un un papel clave (Wernher von Braun fue el padre del proyecto Apollo, que permitió a los estadounidenses poner hombres en la Luna).
Después de Sputnik I se desencadenó toda una frenética puja por alcanzar objetivos más desafiantes.
Por supuesto, a la par de la construcción de armas, la exploración del cosmos ha permitido el desarrollo de tecnología y otros avances que hoy nos resultan cotidianos. ¿Se imagina –por ejemplo– el mundo sin comunicaciones por satélite o sin las investigaciones que, desde aparatos en órbita, permiten un mejor conocimiento del clima del planeta?
Nada fue igual después de aquella mañana hace 50 años.
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